La Unesco, nueva víctima del aislacionismo de Trump
Lo hemos dicho en más de una ocasión en este mismo espacio: la estrategia que ha asumido Donald Trump, su “única” estrategia para sobrevivir políticamente, es la de contentar a las masas de ciudadanos blancos enfurecidos de los estados del centro del país. Se trata de una población bastante uniforme a la que, al parecer, poco le importa que Trump no haya cumplido ninguna de sus promesas. Eso es lo de menos. Lo fundamental es que el presidente mantenga activo su discurso beligerante a favor de la primacía de los Estados Unidos, o mejor dicho, a favor de la primacía de la población blanca. Apenas eso. “America First”. Pura retórica. Todo ello, obviamente, sólo se traduce en el progresivo aislamiento del país a nivel internacional. Aquello es música para los oídos del electorado trumpista. A la espera del informe final del fiscal Mueller sobre la complicidad del equipo de Trump con el Kremlin, el presidente intenta afianzarse en el sillón presidencial simplemente brindando gestos vacíos a su fiel electorado.
Un presidente cada vez más solo
Ya lo dijo Rex Tillerson, el secretario de estado estadounidense, en los pasillos de la Casa Blanca: “Donald Trump is a fuckin’ moron”. Y es que trabajar junto al presidente de los Estados Unidos se está convirtiendo en un dolor de cabeza para sus más allegados. Trump, en su obsesión por anular cualquier medida llevada a cabo por su predecesor Barack Obama, no hace otra cosa más que perjudicar no sólo a su propio país, sino al mundo entero. Apenas un día después de anunciar el abandono de Estados Unidos de la Unesco, Trump amenazaba con retirarse del pacto nuclear que Obama y la comunidad internacional habían firmado con Irán.
Hagamos un breve repaso: aquel pacto nuclear, sellado en Viena en 2015 gracias a la iniciativa de Obama, limitaba el programa atómico iraní a cambio de levantar las sanciones económicas en contra del país persa. Aquello distendió las difíciles relaciones entre ambos países y, sobre todo, anuló el anhelo iraní por hacerse con la bomba, algo que habría provocado una muy peligrosa escalada de tensión en toda la región del Medio Oriente. ¿Qué duda cabe de que el mundo es un lugar mucho más seguro mientras ciertos países no tengan acceso al armamento nuclear?
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“¿Somos o no somos independientes?”
Carles Puigdemont, el presidente de Cataluña, nunca ha escondido la admiración que profesa por el modelo independentista escocés. Quizá por ello decidió, el pasado 9 de octubre, obsequiar a sus seguidores con una ducha escocesa: primero baño caliente y luego un inmediato baño helado. Y es que lo que se vio en el parlamento catalán ese día, pasará a la historia como el modo más rápido de pasar de la euforia a la frustración.
Se suponía que Puigdemont tenía que declarar la independencia de la nueva República Catalana a las seis de la tarde. Miles de personas se congregaron a las puertas del parlamento para dar la bienvenida al nuevo país. Tras las vergonzosas imágenes de las cargas policiales que dieron la vuelta al mundo una semana antes, el sector más radical del independentismo exigía a Puigdemont que no dilatara más la espera y anunciase la independencia. A las seis de la tarde, el presidente catalán notificaba que retrasaba su discurso una hora. Mal presagio para los independentistas. Los rumores se disparaban. Reuniones de último minuto. Caras largas en los pasillos del parlamento. ¿Qué había sucedido? Finalmente, a las siete de la tarde, Puigdemont inició su discurso. Finalment
La Unión Europea para en seco a Puigdemont
Lo venían advirtiendo desde hacía mucho tiempo, de forma algo sutil. Decían que no era su intención inmiscuirse en los asuntos internos de un país miembro, pero aun así lo intentaron dejar meridianamente claro. Angela Merkel, François Hollande, Juncker, Joaquín Almunia, David Cameron… fueron muchos los líderes europeos que advirtieron, no con demasiado énfasis, hay que acotar, que una hipotética independencia de Cataluña la dejaría fuera del club de socios de la Unión Europea. Incluso se correría el riesgo de quedar fuera del euro. Mala idea. No lo recomendaban. Aunque, por lo visto, no insistieron demasiado. Nadie pensaba, yo incluida, que llegaríamos a estar a un paso del precipicio. Sólo entonces, quizá ya demasiado tarde, la Unión Europea habló alto y claro en el último momento para intentar poner las cosas en orden.
Esta falta de énfasis, de autoridad, de claridad… fue por supuesto aprovechada durante largos meses por los líderes independentistas para manipular y engañar a su electorado. “La comunidad europea nos recibirá con los brazos abiertos. A nadie le interesa que Cataluña quede fuera de la Unión. Por supuesto seguiremos utilizando la moneda del euro”. Todo un mundo de fa
La enconada lucha por “el relato”
Finalmente, el plazo dado por Mariano Rajoy al presidente de Cataluña expiró a las 10 de la mañana del pasado 16 de octubre. Carles Puigdemont tan sólo debía responder con un “sí” o con un “no” a la pregunta que todos nos hemos estado haciendo durante la última semana: ¿Declaró usted la independencia de Cataluña?
Una vez más, Puigdemont ha dado una gran muestra de malabarismo semántico para no responder a las claras. Y es que el líder catalán se encuentra en un callejón sin salida. De responder “sí”, activaría la maquinaria interventora del Estado español. De responder “no”, pues entonces aumentaría la furia de los independentistas más radicales, con lo cual no tendría más remedio que convocar un adelanto de elecciones. Por tanto, ha optado por dejarlo todo otra vez en el aire. Pero, eso sí, una vez más, ha llamado al “diálogo sincero” con Rajoy. Aunque no está muy claro cuál sería el tema de aquel diálogo constructivo, porque si se trata acerca de cómo llevar a cabo la separación entre España y Cataluña, no creo que vaya a encontrar ningún interlocutor al otro lado. Mucho menos un mediador internacional. Puigdemont también ha pedido, por favor, que se interrumpa la represión al pu