La realidad paralela de Puigdemont
Quizá hayan visto en las noticias que el domingo 25 de marzo fue detenido en el norte de Alemania el expresidente de Cataluña, Carles Puigdemont. Como sabrán, Puigdemont llevaba unos meses viviendo en Bélgica, huido de la justicia española.
Tras haber declarado unilateralmente la independencia en octubre del año pasado, el gobierno regional de Cataluña fue destituido por el gobierno central español. Ahora, Puigdemont y sus antiguos compañeros de gobierno —la mayoría en prisión, algunos huidos— se enfrentan a importantes condenas de cárcel, acusados, entre otros, de los delitos de rebelión y malversación de fondos públicos.
Visados dorados y otros insultos
En 2007, justo antes de que reventara la burbuja inmobiliaria en España, el sector de la construcción llegó a significar casi un 13% del PIB del país. Un año antes, en 2006, se alcanzó el récord de inicio de construcción de nuevas casas, superando las 760.000; más que las iniciadas por Alemania, Italia, Francia y Reino Unido juntas.
A nadie se le encendieron las alarmas. Ocasionalmente se escuchaba a algún economista del gobierno aconsejar, siempre con la boca pequeña, que habría que diversificar la economía. Pero, en general, los políticos se felicitaban por el crecimiento del país, y nos aseguraban que España iba bien.
Después llegó una crisis que se llevó casi todo por delante. Solo en el sector del ladrillo, se perdieron más de 1 millón de puestos de trabajo, y el peso de la construcción en la economía quedó reducido a la mitad. Lo triste del caso es que los millones —literalmente— de casas sin vender que dejó la crisis no parecen haber ayudado mucho a que el español medio pueda permitirse comprar una vivienda.
Hasta hace poco, los españoles nos embarcábamos en hipotecas tan a largo plazo, que muchos estaremos pagándolas toda la vida. Un desastre de proporciones épicas para una cl
Siempre nos quedará Europa
Hace unos días, el Congreso de los Diputados español debatió la cuestión de la desinformación en las redes sociales, como contaba el periódico El País el pasado 26 de marzo. El Partido Popular, —partido de derechas liderado por el presidente del gobierno, Mariano Rajoy— lo tuvo claro. Lo que hay que hacer, propuso, es “garantizar la veracidad de las informaciones que circulan por Internet”. Para ello, no hay más que crear una institución pública que identifique las noticias falsas y las “selle”.
El grado de ignorancia que demuestra esta propuesta, en relación a la naturaleza de Internet y de las campañas de desinformación “online”, es total. Y contemplar semejante nivel de simpleza en los parlamentarios nacionales resulta profundamente preocupante.
El objetivo definido por el Partido Popular es, obviamente, inalcanzable. Para empezar, por la imposibilidad material de controlar la información disponible en Internet. Y, además, ¿quién decidiría qué informaciones son veraces y cuáles no? ¿Un ejército de funcionarios? Menudo disparate. Incluso el lenguaje de la propuesta es de otro tiempo: ¿”sellar” noticias falsas?
Por suerte, en este momento el Partido Popular no tiene mayoría, y el ple
La estación de las mujeres
La estrategia de Indian Railways para tener a más mujeres en plantilla seguramente está haciendo más por la liberación de la mujer en India que cualquier campaña de concienciación sobre la igualdad —si es que las hay—. Como explicaba un artículo de The Guardian el pasado 27 de marzo, Gandhinagar, en el estado de Jaipur, es la última incorporación a la lista de estaciones de tren exclusivamente gestionadas por mujeres.
Desde las taquilleras hasta la jefa de estación, todos los puestos de trabajo están cubiertos por mujeres. Por lo visto, cada día pasan por la estación de Gandhinagar unos 7.000 pasajeros. Sumados a los viajeros de las otras estaciones gestionadas íntegramente por mujeres, son decenas de miles, quizá cientos de miles de personas al día.
Imagino que un buen número de viajeros van a la estación de Gandhinagar varias veces por semana, o incluso todos los días. De manera que hasta los más despistados deben acabar dándose cuenta de que la estación está bajo el control de las mujeres. Aquí no hay mando a distancia para cambiar de canal.
En un país con uno de los menores índices de empleo femenino del mundo, —a pesar de ser una de las economías que más crece— el mensaje lanzado
La semana laboral de cuatro días, a juicio en Nueva Zelanda
Hace años, fui a vivir una temporada a Estados Unidos. En pocas semanas, descubrí lo fácil que es ser eficiente en el trabajo, cuando el entorno es propicio. La primera vez que fui al despacho de un compañero a charlar, —como estaba acostumbrado a hacer en España— y escuché la frase “ahora no puedo hablar”, me pareció muy cortante. Casi de mala educación. Pero no tardé en darme cuenta de que, cuando las pausas para socializar se reducen drásticamente, uno acaba el trabajo mucho antes.
Tomarse unos minutos de descanso cada hora o dos de trabajo es necesario. Incluso, dicen, bueno para la productividad. Pero, ¿qué ocurre cuando, cada vez que alguien se toma un descanso, se levanta de la silla y va a la mesa de otra persona a hablar? Que cada pocos minutos hay alguien que se deja caer por tu despacho, interrumpiendo tu trabajo. La productividad cae en picado.
Kirsten Taylor es una de las 200 personas que la compañía neozelandesa Perpetual Guardian ha incluido en una prueba piloto de la semana laboral de cuatro días. Uno de los cambios que Taylor ha notado en su trabajo, como contaba el New Zealand Herald el pasado 30 de marzo, es el silencio que reina en la oficina. La gente ya no tiene