Pero vamos a empezar, si les parece, por cómo la tragedia del coronavirus está afectando a las minorías raciales en Estados Unidos…
Estados Unidos se ha convertido en el epicentro de la pandemia del coronavirus. Ningún otro país del mundo tiene tantos muertos, ni tantos contagios. Además, el Covid-19 se está cebando con los sectores más vulnerables de la población. Las personas que tienen menos recursos económicos y las que no pueden acceder a los servicios sanitarios son las que más están sufriendo.
El 12 de octubre de 1492, el marinero Rodrigo de Triana, a bordo de la carabela Pinta, exclamó con todas sus fuerzas: “¡Tierra a la vista!”. Era la primera vez que la expedición encabezada por Cristóbal Colón avistaba tierra firme tras más de tres meses de navegación. Los españoles habían llegado a una isla que bautizaron con el nombre de San Salvador, en el actual archipiélago de las Bahamas, y se disponían a iniciar la conquista de América. En los años sucesivos, el contacto de los invasores europeos con las poblaciones locales provocó un auténtico holocausto indígena. Los virus llegados del viejo continente, como la viruela, la gripe y el sarampión, se llevaron por delante la vida de millones de personas.
Cinco siglos después, un nuevo patógeno, en este caso el Covid-19, amenaza a los cerca de 40 millones de indígenas que viven en el continente americano. A día de hoy, varias decenas de grupos indígenas han reportado casos de coronavirus, entre ellos las Seis Naciones del Territorio del Gran Río de Canadá, los indios Navajo de Estados Unidos y los Yukpa de Colombia.
Mención aparte merecen los indígenas que residen en las zonas remotas de la Amazonía. A pesar de que estas comunid
Recuerdo perfectamente la primera vez que tuve entre mis manos una novela de Luis Sepúlveda. Tenía 13 años. Mi profesora de Lengua española nos encargó su lectura a mí y al resto de mis compañeros de clase. El libro se titulaba Un viejo que leía novelas de amor y relataba la historia de un anciano llamado Antonio José Bolívar Proaño que leía novelas románticas para distraerse de su soledad en las largas noches ecuatoriales. La obra es un alegato en defensa de la naturaleza y una oda al equilibrio natural de los indígenas con la selva amazónica. El libro, publicado en 1988, fue traducido a sesenta idiomas y vendió más de 18 millones de copias en todo el mundo. En total, Sepúlveda escribió una veintena de novelas, relatos cortos y fábulas, y se adentró también en la faceta del periodismo como cronista y articulista.
Sepúlveda fue uno de los máximos exponentes del movimiento literario que sucedió a la generación del boom latinoamericano. Se inscribía a sí mismo en una corriente que, según sus propias palabras, “se ha separado del realismo mágico y se plantea, de una manera creíble, la magia de la realidad”. Sepúlveda, hijo de una enfermera mapuche y de un militante comunista, solía de
¿Por qué cuando estamos tristes escuchamos música melancólica? Imagino que ustedes, al igual que yo, se habrán formulado esta pregunta en alguna ocasión. A lo largo de nuestras vidas, todos y cada uno de nosotros nos hemos sorprendido escuchando alguna balada deprimente después de romper con un novio o una novia. La lógica invita a pensar que, si quisiéramos dejar de estar afligidos, lo normal sería escuchar ritmos alegres. Pero no. En lugar de eso, preferimos oír melodías que solo alimentan nuestra pena. Los científicos han intentado investigar el por qué, pero no han llegado a ninguna conclusión aceptable.
Hago esta reflexión porque estos días he observado un fenómeno similar. Millones de personas se encuentran confinadas en sus casas por culpa del coronavirus. Muchas han perdido a seres queridos o temen poder perderlos. Hay quienes no saben qué va a pasar con sus empleos o si podrán seguir pagando la hipoteca. La pandemia ha generado un estado de ansiedad global.
Para calmar sus preocupaciones, mucha gente se refugia en la televisión. En las últimas semanas, el consumo de series, películas y documentales se ha incrementado notablemente. El entretenimiento audiovisual se ha conver
El pasado 15 de abril, a las ocho de la noche, los parisinos se asomaron, como cada día, a los balcones de sus casas para aplaudir al personal sanitario que lucha en los hospitales contra la pandemia del coronavirus. Sus aplausos, en esta ocasión, se vieron acompañados por los tañidos de ‘Emmanuel’, la campana principal de la catedral de Notre Dame. Los repiques atronadores de ‘Emmanuel’ se propagaron desde la isla de la Cité a las enormes avenidas vacías de la capital francesa para recordar el primer aniversario del incendio que casi redujo a ruinas una de las catedrales más emblemáticas del mundo.
‘Emmanuel’ es la segunda campana más pesada de toda Francia, sólo por detrás de La Savoyarde del Sacré-Coeur. Los parisinos escucharon su voz sólo en ocasiones muy especiales: la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, la caída del muro de Berlín, la muerte de un Papa… Y, el pasado mes de septiembre, con motivo del fallecimiento del expresidente Jacques Chirac.
La catedral de Notre Dame es una de las joyas del arte gótico mundial. Para todos los que amamos el arte y la historia, fue un mazazo ver cómo parte de su estructura quedaba reducida a cenizas. Todavía recuerdo la incr