Primero los ojos del mundo se posaron sobre China. Luego la mirada se desvió hacia Europa. Unas semanas más tarde, la atención se posó sobre Estados Unidos. Y ahora, al parecer, pronto esos mismos ojos se colocarán sobre Brasil.
Muchos analistas, entre ellos altos cargos de la Organización Mundial de la Salud, temen que el gigante suramericano se convierta ahora en el nuevo epicentro mundial de la pandemia del coronavirus. Las cifras de contagios y fallecidos siguen ascendiendo de forma vertiginosa con cada día que pasa, lo cual, por cierto, parece desmentir la teoría de que quizá el calor ambiental pudiera ralentizar la propagación del Covid-19. Si hace pocas semanas las cifras diarias de decesos eran de apenas dos dígitos, ahora el número diario de fallecimientos se aproxima al millar, con lo cual la pandemia podría causar unos estragos bastante similares, o incluso peores, a los que ya hemos presenciado en Italia, España, Reino Unido o Estados Unidos. Además, todos los analistas coinciden en que las cifras oficiales aportadas por el gobierno de Jair Bolsonaro se encuentran muy por debajo de las reales, de modo que la crisis sanitaria actual podría ser mucho más grave.
Y lo peor, a
Las comunidades indígenas alrededor del planeta siempre se han contado entre las sociedades más vulnerables ante los virus y las pandemias. Son precisamente las enfermedades introducidas desde el exterior la principal causa de muerte entre los miembros de las poblaciones indígenas que viven aisladas del mundo moderno, muchas de las cuales, por ejemplo, no han desarrollado aún inmunidad contra virus como la gripe, el sarampión o la varicela. Existe bastante documentación acerca de los terribles estragos que provocaron de manera indirecta los conquistadores españoles, hace ya cinco siglos, entre las poblaciones indígenas en América Latina. La viruela, el sarampión, la difteria, el tifus, la escarlatina y la fiebre amarilla, entre otras muchas enfermedades que los conquistadores trajeron desde Europa, ocasionaron millones de muertos entre los indígenas americanos.
El temor a que la nueva pandemia del coronavirus diezme a las poblaciones indígenas de la Amazonia ha encendido todas las alarmas. Los habitantes de la selva del Amazonas, un vastísimo territorio virgen considerado como "el pulmón del planeta" y compartido por varios países suramericanos, están viendo con enorme preocupación
Tengo la impresión de que los venezolanos deben saber, por experiencia propia, que una situación ya suficientemente desastrosa siempre puede empeorar aún más. Desde hace años, los ciudadanos de aquel país caribeño han presenciado cómo las condiciones de vida se degradan mes a mes. Y ahora, en medio de la crisis sanitaria y económica generada por la expansión del Covid-19, la situación en Venezuela ha llegado a un extremo sencillamente catastrófico.
El Estado prácticamente se encuentra en bancarrota. La corrupción desmedida y la ineficacia de la mediocre élite gobernante han ocasionado no solamente que las arcas del Estado se hayan casi vaciado, sino que además la industria petrolera se encuentre al borde del colapso. La compañía estatal Petróleos de Venezuela no es capaz siquiera de refinar en sus plantas la cantidad suficiente de gasolina que el país necesita. La paradoja es aberrante: Venezuela, el país que cuenta con las mayores reservas de petróleo del planeta, se ve obligada a importar gasolina, y además a un precio bastante caro. Y lo poco que importa no es suficiente. El desabastecimiento de combustible impera en todo el territorio. Es prácticamente imposible llenar el tanque
Parece bastante claro que ya nada será como antes. Nuestros trabajos y actividades, así como nuestras formas de vivir y ver la vida, experimentarán grandes cambios en los próximos meses, quizá incluso años. Pero los cambios no se reducirán, obviamente, a nuestras esferas personales. Grandes modificaciones geopolíticas se avizoran en el horizonte. Es muy pronto aún para hacer predicciones fiables, pero lo más probable es que surjan variaciones importantes en el orden global que ha imperado en las últimas décadas.
Algo se está moviendo, por ejemplo, en Europa. Aprovechando la pasividad y la falta de reflejos rápidos de la Unión Europea tanto en adoptar medidas de confinamiento en algunos países como en facilitar ayudas económicas en todo el continente, potencias como China y Rusia están intentando llenar ese vacío de poder. Millones de ciudadanos europeos están comenzando a ver con desconfianza, o al menos con cierto desinterés, a las instituciones europeas. Por ejemplo, la desafección de los italianos ante la Unión Europea ha crecido bastante en las últimas semanas. En contraste, son muchos los italianos que están comenzando a ver con buenos ojos a China, ya que el gigante asiático h
La expansión del Covid-19 ha trastocado la vida y los planes de millones de personas en todo el planeta. Grandes celebridades y personas anónimas, líderes poderosos o discretos trabajadores, ricos y pobres... todos en cierta medida, unos más, otros menos, hemos tenido que modificar la hoja de ruta que teníamos planeada con antelación.
Vladimir Putin, uno de los líderes políticos más poderosos del globo, no ha sido la excepción. La pandemia del coronavirus le ha caído encima como un balde de agua fría. Putin confiaba en que el 2020 sería un excelente año en el que no sólo lograría consolidar aún más su popularidad, sino en el que además conseguiría llevar adelante un referéndum que le permitiría perpetuarse muchos años más en el poder. Ahora esa consulta popular ha sido aplazada de forma indefinida. Por si fuera poco, y para lograr hacer este año inolvidable, Vladimir Putin tendría que haberse dado un baño de masas, el pasado 9 de mayo, durante la celebración del 75 aniversario de la victoria del Ejército Rojo sobre el nazismo en la Segunda Guerra Mundial. Esa fastuosa y multitudinaria celebración anual, la cual el gobierno ruso suele aprovechar para hacer un alarde de todo su poderí