En la tarde del pasado 10 de octubre, con el Himno a la Alegría de Beethoven escuchándose de fondo, más de cien mil manifestantes se congregaron en la plaza del Castillo de Varsovia para hacerle frente a un fantasma. Un fantasma que recorre Europa desde hace casi dos años, cuando Gran Bretaña abandonó finalmente la Unión: el fantasma del Brexit. Ahora ese espectro acaba de posarse sobre Polonia, cuyo gobierno, dominado por el partido nacionalista y ultraconservador Ley y Justicia, exhibe una postura cada vez más agresiva hacia el bloque comunitario. “Polonia está en la UE y estamos orgullosos” y “Nosotros nos quedamos” eran algunos de los gritos que empujaban la protesta, replicada en más de cien ciudades del país y en varias capitales europeas. Y es que, esta vez, hay una profunda diferencia con lo que ocurrió en el Reino Unido: en Polonia, el 80% de los ciudadanos se declara europeísta, y la hipótesis de una salida de la Unión Europea los puso en pie de guerra.
La protesta multitudinaria del 10 de octubre fue leída como un mensaje dirigido directamente al Primer ministro Mateusz Morawiecki, miembro destacado de la formación Ley y Justicia, al que se acusa de intentar transformar s
Esta vez, la fórmula del éxito parece algo descabellada: angustia, frustración, juegos macabros y desigualdad social. Pero aquí estamos: la serie surcoreana El juego del calamar ha hecho un cóctel explosivo con todo eso y se ha convertido en la nueva e impensada joya de Netflix. El pasado miércoles 13 de octubre, la cuenta oficial de Twitter de la plataforma de streaming anunció: “El juego del calamar ha alcanzado los 111 millones de fanáticos, ¡lo que lo convierte en nuestro lanzamiento más exitoso de todos los tiempos!”.
Digamos que la idea que ha inspirado la serie no es precisamente una novedad. Varias personas sumidas en deudas y desgracias son cooptadas y llevadas a una isla siniestra para participar en una serie de juegos de supervivencia, en busca del premio gordo: 45 mil millones de wones (unos 38 millones de dólares). La premisa, en mi opinión, tiene resonancias cercanas: el éxito de películas como Battle Royale y El juego del miedo y la saga Los juegos del hambre. Hablamos del “sálvese quien pueda” llevado a un extremo. ¿Qué es, entonces, lo que hizo explotar Netflix? Quizás, la clave está escondida en el título de un célebre álbum de Bob Dylan: “Los tiempos están cambian
John le Carré ya estaría tomando nota. Un misterioso síndrome ataca a diplomáticos, militares y oficiales de inteligencia de Estados Unidos. Mareos, problemas de visión, dificultad para mantener el equilibrio, deterioros cognitivos, percepción de ruidos agudos durante 20 o 30 segundos. Se cree que este conjunto de síntomas es el resultado de unos ataques perpetrados por un arma secreta de alta tecnología que utiliza microondas o quizás ultrasonido. Pues bien, esa trama, propia de un relato de espionaje, es investigada por la CIA desde 2016, cuando los primeros casos se presentaron en la Embajada de Estados Unidos en Cuba, frente al soleado malecón de La Habana. En los años siguientes se detectaron más de doscientos nuevos casos en funcionarios estadounidenses, dentro de las embajadas del país en Rusia, Alemania, Austria, India, Vietnam y China. El síndrome de La Habana, cuyas certezas van en paralelo a las dudas, tiene ahora su nuevo capítulo: Colombia.
El pasado martes 12 de octubre, The Wall Street Journal publicaba un extenso artículo titulado: “El síndrome de La Habana golpea al menos a cinco familias estadounidenses conectadas a la embajada en Colombia”. El prestigioso periódic
Años atrás, para mis vacaciones, alquilé una cabaña a unos 50 kilómetros de Buenos Aires, en una de las islas que se forman en la desembocadura del río Paraná, habitada por aves acuáticas y ciervos del pantano. Desde el muelle de la cabaña, pasé los días contemplando ese río ancho y profundo, el segundo más largo de Sudamérica después del Amazonas. Allí comprendí por qué algunos de los escritores sudamericanos más talentosos, como el cuentista uruguayo Horacio Quiroga o el poeta argentino Juan L. Ortiz, habían dedicado gran parte de sus obras a ese río mágico. El ritmo salvaje e hipnótico de su caudal, sus cambios de tonalidades del marrón al plateado según el momento del día, me sumergían en un estado similar al de la meditación.
En los últimos meses, los medios de comunicación internacionales le han dedicado extensos artículos a ese mismo río, y la información que dan es dolorosa: el Paraná se está secando. El pasado 6 de octubre, la noticia llegó hasta BBC Mundo, que publicó un artículo alarmante: “La histórica sequía que afecta al río Paraná está teniendo graves consecuencias en Argentina, Brasil y Paraguay.”
El descenso de las aguas del Paraná comenzó en 2019, a raíz de la falta
Las buenas historias, tarde o temprano, encuentran su camino y consiguen ser publicadas. Para muestra, basta la experiencia de la brasileña Carolina María de Jesús: una mujer negra, madre soltera de tres hijos, que sobrevivía en una de las favelas más pobladas de San Pablo, juntando papeles y cartones. Eran los años 50. Cada noche, al terminar su extenuante jornada de trabajo en la calle, Carolina desenrollaba alguno de los papeles que había encontrado y escribía su diario íntimo: un relato crudo y visceral acerca de su batalla desesperada contra el hambre. La brújula que guía a las buenas historias hizo que su diario llegara a manos del periodista Audálio Dantas, del periódico O Cruzeiro, que la impulsó a publicar esas hojas bajo el título Cuarto de desechos. En pocas semanas, el libro se convirtió en un fenómeno editorial sin precedentes: alcanzó los primeros lugares de las listas de bestsellers de Brasil, superando a autores de renombre como Jorge Amado y Rubem Fonseca, se tradujo a trece idiomas y llegó a las recomendaciones de la prestigiosa revista Time. El éxito abrumador de su obra le permitió a Carolina María de Jesús dejar atrás la pobreza y mudarse a Río de Janeiro, pero