Un escándalo relacionado con la evasión fiscal perpetrada por los poseedores de grandes fortunas ha copado, una vez más, las páginas de numerosos periódicos alrededor del mundo. No es, por supuesto, la primera vez que esto ocurre. Ni será la última, me temo. Hace cinco años, los célebres "Papeles de Panamá" sacaron a la luz los oscuros tejemanejes que realizan los millonarios, a través de sociedades "offshore" afincadas en paraísos fiscales, para pagar menos impuestos que el resto de los mortales. Aquello generó una oleada de indignación global que, de forma lamentable y como suele suceder, fue de muy corta duración. Y supongo que esto deben de tenerlo bastante en cuenta los ricos y poderosos: la memoria colectiva en nuestros días es sumamente breve. Así que muy pronto, luego de que los portavoces del poder global hayan afirmado, una vez más, que se tomarán las medidas necesarias para que esto no vuelva a repetirse, todo volverá a la normalidad. Es decir, los millonarios seguirán encontrando la manera de pagar menos impuestos hasta que un nuevo escándalo salga a la palestra. Y es que siempre se ha dicho lo mismo una y otra vez: si realmente hubiese voluntad sincera por erradicar lo
En Venezuela la hiperinflación está tan desbocada que los ceros en los billetes se hallan completamente fuera de control. Y es que, hasta hace dos semanas, prácticamente ya no cabían más ceros en los billetes del bolívar, la moneda nacional. De modo que el régimen chavista ha decidido, por segunda vez en apenas tres años, tomar una medida bastante drástica y a la vez muy sencilla (y que en realidad no soluciona nada): eliminar varios ceros de un solo plumazo.
Así es, el presidente Nicolás Maduro anunció, el pasado 1 de octubre, una nueva reconversión que suprime nada menos que seis ceros al bolívar. De esta forma, ya los venezolanos no tendrán que pagar por un simple caramelo millones de bolívares (es correcto: "millones"). Para que se hagan una idea de esta enloquecida hiperinflación (considerada como la más dramática en toda la historia del continente americano): una cesta familiar mensual con los productos alimenticios básicos tenía, hasta hace pocos días, un valor de más de 600 millones de bolívares. Sí, han escuchado bien. Ahora, gracias a la nueva reconversión, ese coste disminuye hasta los 600 bolívares. Esta medida no resuelve, por supuesto, la gravísima crisis económica ni
Recuerdo claramente la ocasión en que, siendo apenas un adolescente, entré por primera vez en el Museo de Pérgamo, en Berlín. Me quedé sin palabras frente al altar. Aquel impresionante altar, traído bloque a bloque desde las ruinas de lo que fue la antigua ciudad griega de Pérgamo, y luego reconstruido minuciosamente en una amplia sala de aquel museo berlinés, es una imagen que deja a cualquier visitante boquiabierto. Pero tras salir de mi estupor inicial, me pregunté si era realmente correcto que esa extraordinaria estructura estuviera a cientos de kilómetros de su emplazamiento original.
Es un tema bastante controvertido, sin ninguna duda. Los países de los que proceden tantísimas piezas de la antigüedad, las cuales se exhiben hoy en día principalmente en los museos de Londres, París o Berlín, se quejan, con bastante razón, de prácticas colonialistas y de expolio cultural. Sin embargo, no podemos olvidar la otra cara de la moneda: arqueólogos, historiadores y curadores europeos se defienden argumentando que, si no fuera por esas labores de, digamos, "rescate y reubicación", muchas de esas piezas ya se habrían perdido para siempre. Y para apoyar este argumento, señalan, por ejemplo
Solía decir Terence Mckenna, célebre "psiconauta" estadounidense, que los tiempos se estaban acelerando a un ritmo trepidante. Según Mckenna, los eventos se sucedían unos a otros cada vez con mayor celeridad. En otras palabras, si antes el tiempo que mediaba entre un gran acontecimiento histórico y el siguiente podía ser contabilizado en miles de años (e incluso en millones, si nos retrotraemos a la prehistoria), ahora ese tiempo se ha reducido a décadas o a simples puñados de años. Y ponía como ejemplo a los grandes imperios. Anteriormente, éstos se prolongaban durante milenios. Luego pasaron a durar varios siglos. Y ahora, al parecer, tan sólo logran sobrevivir durante algunas décadas.
Me parece que este razonamiento se podría aplicar a lo que está sucediendo entre China y Estados Unidos. Si se cumplen los pronósticos de numerosos analistas, China superará a Estados Unidos como la gran potencia mundial en torno al 2050. Si quieren saber mi opinión, yo creo que eso sucederá mucho antes. Con lo cual, el dominio estadounidense a nivel global habrá durado, como mucho, un siglo (si consideramos el final de la Segunda Guerra Mundial como el punto de partida de ese claro dominio planetar
Tengo un buen amigo que lleva bastante tiempo diciendo que la quiebra de Facebook va a representar una de las bancarrotas más estrepitosas en toda la historia de las finanzas. Yo siempre le he escuchado con incredulidad, pero últimamente estoy comenzando a pensar que sus palabras quizá tengan algo de lógica. Y es que, si en la noticia anterior hablábamos acerca de la aceleración de los tiempos en relación a la expectativa de vida de las grandes potencias mundiales, pues tal vez el mismo razonamiento también pueda ser aplicable al mundo empresarial. En el pasado, hasta hace no mucho tiempo, las compañías solían gozar de una amplia y sólida trayectoria. Pero hoy en día las empresas, sobre todo aquellas relacionadas con el siempre cambiante mundo de la tecnología, parecen tener los días contados. Muchas de ellas simplemente van y vienen. Y ése podría ser el caso de la compañía fundada por Mark Zuckerberg en el 2004.
Y es que últimamente las cosas no le están yendo demasiado bien a Facebook. Según un reciente y muy interesante artículo firmado por el columnista Kevin Roose para el New York Times, esta red social se enfrenta a un panorama desolador. El ritmo de registros de nuevos usuari