La mayoría de los chilenos ha decidido pasar página e iniciar un nuevo capítulo en la historia de su país. El pasado 19 de diciembre se desarrolló la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, las cuales dieron un claro ganador: Gabriel Boric, el candidato de la izquierda que, a sus 35 años, se ha convertido en el presidente electo más joven en la historia de Chile. Y además lo hizo gracias a una clara victoria, al obtener casi el 56% de los votos. Su rival, el ultraderechista José Antonio Kast, tuvo que contentarse con el 44% de las papeletas.
Dos visiones completamente contrapuestas se disputaron el favor de los electores el pasado domingo. El candidato progresista basó su campaña electoral en la promesa de luchar en contra de las graves desigualdades sociales que afectan al país, las cuales se han incrementado aún más a raíz de la pandemia del coronavirus. Por su parte, el representante de la derecha extrema, siendo coherente y fiel a su ideología política, hizo bastante hincapié en la idea del "orden". Su campaña electoral estuvo basada, en gran medida, en su compromiso de frenar la "avalancha" de inmigrantes venezolanos que, según él, ha deteriorado la seguridad y la conv
Existe un viejo proverbio árabe que reza así: "El enemigo de mi enemigo es mi amigo". Ésta es una frase que podría aplicarse perfectamente a la relación, cada vez más amigable, que se está gestando entre los presidentes Vladimir Putin y Xi Jinping. Déjenme que me explique: no es un secreto para nadie que tanto en Moscú como en Pekín se sienten amenazados, y también censurados y vilipendiados, por las principales democracias occidentales, con Estados Unidos y la Unión Europea a la cabeza. Las relaciones entre Rusia y China, por un lado, y las grandes potencias occidentales, por el otro, no han hecho más que deteriorarse en los últimos tiempos. De modo que Putin y Xi han seguido a rajatabla la regla principal que dicta el manual clásico de dictadores: unir fuerzas y establecer complicidades en contraposición a un teórico enemigo en común, en este caso el malvado Occidente.
Esta especie de alianza estratégica quedó representada en una esmerada puesta en escena llevada a cabo el pasado 15 de diciembre. Ese día, los dos presidentes participaron en una videoconferencia, algunas de cuyas imágenes se transmitieron para deleite de millones de telespectadores. Lo que más llamó la atención fue
Hace algunos días, ojeando un periódico español, me topé con una noticia que me llamó bastante la atención: el gobierno se está planteando prohibir a los ciudadanos fumar dentro de los carros. Incluso si el conductor se encuentra solo. Recordemos que en España ya está prohibido fumar en lugares públicos y cerrados. Pero esta medida, de llegar a implementarse, iría mucho más lejos.
Vamos a ver... Yo nunca he sido aficionado a los cigarrillos. Más bien todo lo contrario: me repugna el olor a tabaco que lo impregna todo alrededor. Pero me sorprende bastante la actitud paternalista de algunos gobiernos, entre ellos el español, que tratan a los ciudadanos como bebés que no pueden cuidarse por sí mismos o tomar decisiones propias. ¿En qué lugar queda la libertad personal y el derecho a decidir, incluso sobre la propia salud? Cabría preguntarse por qué los gobiernos, si tanto les preocupan los daños ocasionados por el cigarrillo, no prohíben de una vez y terminantemente su venta a todos los ciudadanos (tal como ya ocurre con otras sustancias, entre ellas el cannabis). Sin embargo, ya sabemos que los millones de dólares o euros que acceden a las arcas públicas gracias a los impuestos que pa
Comencé a escuchar a Vicente Fernández, de forma regular y siendo yo un adolescente, en las reuniones dominicales de mi familia. Mi tío, un hombre bastante viril, mujeriego, poco dado a expresar sus sentimientos y también, tengo que decirlo, algo aficionado a la bebida, siempre colocaba en el tocadiscos las "rancheras" de Fernández mientras degustábamos la deliciosa sopa de pollo que muy gentilmente nos había servido mi abuela. Mi tío también solía cantar a todo pulmón las dramáticas letras de aquellas canciones tradicionales mexicanas, las cuales, incontables veces, hablaban de desamores y traiciones. Tras dos o tres tragos de whisky, a mi tío se le quebraba la voz, e incluso, una que otra vez, pude apreciar una discreta lágrima cayendo por su mejilla. Y es que las rancheras mexicanas poseen la extraña y sorprendente capacidad de ablandar hasta el más duro de los corazones. Ésa es su incomparable magia: permitir que incluso los hombres más recios, incluyendo a los cantantes y músicos disfrazados de "charros" que interpretan las canciones, expresen sus sentimientos a viva voz y sin ninguna vergüenza.
Y no hay duda de que uno de los artistas más grandes entre todos los que ha dado Mé
Quizá sólo sean ideas mías —no sé si alguno de ustedes comparte mis impresiones— pero tengo la sensación de que, una vez iniciada la pandemia del coronavirus, muchas cosas a nuestro alrededor, incluidas las situaciones más nimias u ordinarias, se han visto rodeadas por una aureola un tanto surrealista. ¿Y es que acaso alguien podía haberse imaginado una realidad más absurda y distópica que la que aún estamos viviendo a causa del coronavirus?
Pero ojalá se tratase únicamente de la pandemia. Como decía, pareciera que esta cualidad onírica o absurda se hubiese trasladado a prácticamente cualquier acontecer diario. Veamos, por ejemplo, lo ocurrido hace unos días durante el sorteo de la fase de octavos de final de la Champions League, la competición europea de fútbol más prestigiosa a nivel de clubes. El pasado 13 de diciembre se realizó, en la ciudad suiza de Nyon y ante millones de expectantes telespectadores, dicha quiniela, la cual debía emparejar a los dieciséis equipos que han conseguido avanzar de fase en su largo camino hasta la ansiada final. Todo iba muy bien. El Real Madrid (equipo de mi preferencia, debo admitirlo) quedó emparejado junto al Benfica, conjunto portugués de esca