La primera guerra de la que fui consciente fue la del Golfo, en 1990. Recuerdo las imágenes del bombardeo aliado sobre Bagdad, los destellos brillantes que trazaban los proyectiles en el cielo nocturno. Desde entonces, me pregunto si el recurso a la violencia es inevitable. Estos días, en los que suenan tambores de guerra entre Rusia y Ucrania, esa pregunta es la que se plantean los políticos, los diplomáticos y los ciudadanos de medio mundo.
El pasado viernes –tras reunirse con el jefe de la diplomacia de Estados Unidos, Antony Blinken–, el ministro de Exteriores ruso, Sergey Lavrov, aseguró en una rueda de prensa que su país no piensa invadir Ucrania y que esa era “una preocupación imaginaria”. Sin embargo, los que no son nada 'imaginarios' son los 120.000 soldados que Moscú ha desplegado en las últimas semanas en la frontera oriental de Ucrania, ni los ejercicios militares que desarrolla con su aliado, Bielorrusia.
Tampoco es imaginario el armamento enviado por Reino Unido para ayudar a Ucrania, o los efectivos de operaciones especiales canadienses desplegados en Kiev, ni los 2.500 millones de dólares en ayuda militar que Estados Unidos ha suministrado a Ucrania desde 2014, año en
Desde el aire, a bordo de un avión, a veces los montes y los campos se asemejan a una enorme colcha de patchwork, como aquellas que tejían las abuelas. Sin embargo, si uno sobrevuela el imponente desierto de Atacama verá un panorama, también de tela, pero aterrador.
Cada año llegan a Chile 59.000 toneladas de ropa, tanto usada como nueva, que no ha conseguido ser vendida en ningún lugar del mundo. De toda esa cantidad, unas 20.000 toneladas son revendidas en Latinoamérica, a veces de contrabando. Pero el resto –cerca de 39.000 toneladas de ropa– acaba arrojado en la naturaleza. Esas montañas de tela, llenas de productos químicos y de tintes contaminantes, forman gigantescos cementerios multicolores, en mitad del desierto.
Las prendas proceden de los grandes fabricantes, como China, Vietnam o Bangladesh. Y, a menudo, no han encontrado compradores en Europa, Estados Unidos y Canadá. Toda esa ropa que no nos gusta supone un enorme deterioro ambiental.
Cada año, en todo el planeta, se generan 92 millones de toneladas de residuos textiles, según un estudio de la ONU. Ese organismo señala que la producción mundial de ropa se duplicó entre el año 2000 y el 2014. Esa industria desperdicia cad
Las películas policíacas son un buen entretenimiento para evadirse de la realidad. En esos thrillers, no parece sorprendernos que el cuerpo asesinado que se esconde bajo la manta en el bosque sea siempre el de una mujer. Más sorprendente es darse cuenta de que –más allá de la ficción– en el mundo real las víctimas también son, casi siempre, mujeres.
La vida de la periodista mexicana Lydia Cacho bien podría ser uno de estos argumentos cinematográficos. Su historia y su valiente investigación periodística han llegado en forma de obra de teatro a los escenarios, bajo el título de La infamia. En 2003, cuando publicó su libro Los demonios del edén –incluyendo una ardua pesquisa que implicaba a poderosos políticos y empresarios de su país en una red de pornografía infantil– quizá no imaginaba que sería el propio Estado mexicano el encargado de hacerle pagar su osadía: la de pensar que era libre para expresarse.
El encargado de ejecutar la venganza fue el propio Gobernador de Puebla, Mario Marín, vinculado con los empresarios implicados en la red de pederastia, Jean Succar Kuri y Kamel Nacif. A Marín le resultó fácil comprar a una jueza para que diese la orden a la fiscalía de detener a Cac
Cuando se llega a un puesto de trabajo nuevo, sea de la responsabilidad y trascendencia que sea, lo ideal es aprovechar la herencia de los predecesores y aportar sabiduría propia. Además de cambiar las fotos del escritorio y, quizá, algún cuadro o la moqueta, la renovación de un cargo debería conllevar una nueva forma de hacer las cosas. Eso es precisamente lo que se ha propuesto la antropóloga y politóloga Irina Karamanos, compañera –no esposa, ni mujer, ni novia, ni consorte– del recién elegido presidente de Chile, Gabriel Boric.
Dentro de apenas dos meses, el 11 de marzo, esta pareja de millennials comprometida con el cambio social comenzará un nuevo mandato y una nueva vida común en el icónico Palacio de la Moneda. Boric, de 36 años, será el presidente más joven de la historia del país, tras ganar las elecciones en segunda vuelta con 11 puntos sobre su rival, el ultraderechista José Antonio Kast.
A sus 32 años, Karamanos lideraba hasta ahora el frente feminista del partido Convergencia Social –donde milita el propio Boric–, y será la encargada de renovar el título de primera dama, habitual de las esposas de los presidentes en la mayoría de los países democráticos. Hija de una f
¿Qué es lo que nos convierte en seres humanos? Esta pregunta siempre me ha parecido fascinante. Se podría pensar que basta pertenecer a la especie Homo sapiens para convertirse en ser humano, pero claro, nuestra especie no surgió de un día para otro, por generación espontánea. Somos más bien producto de una decantación gradual que ha durado millones de años... ¿Cuándo se puede decir que esos individuos 'intermedios' ya eran 'humanos'?
Este mes la revista Nature publicó un descubrimiento: los restos fósiles de Homo sapiens hallados en Etiopía en los años sesenta del siglo XX son todavía más antiguos de lo que se creía. No tienen 195.000 años, sino al menos 230.000.
La nueva datación ha sido posible tras medir la edad de la ceniza volcánica solidificada bajo la cual fueron encontrados ciertos fragmentos de cráneo. Si la ceniza que cubrió los huesos tiene 230.000 años, esos restos humanos tienen, como poco, esa misma edad. Así que llevamos sobre la Tierra 35.000 años más de lo que creíamos.
Leyendo acerca de este asunto he aprendido que el Homo sapiens no siempre fue la única especie humana sobre nuestro planeta. Al final nos impusimos al resto porque tenemos ciertas zonas del cerebro má