Llevaban meses intentando llamar la atención del mundo contra la utilización de combustibles fósiles; pero no lo habían conseguido hasta que el pasado viernes, en la National Gallery de Londres, dos jóvenes activistas climáticas del grupo Just Stop Oil lanzaron sopa de tomate contra Los Girasoles de Van Gogh.
Durante unos minutos de incredulidad, vimos el anaranjado contenido de dos latas de la marca Heinz chorreando por la superficie de una de las obras maestras más populares del mundo. Una de esas pocas creaciones que –como La Gioconda de Leonardo o El Beso de Klimt– trascienden la esfera de los entendidos y se convierten en íconos incluso para los que ignoran el nombre del autor.
El de la National Gallery es uno de los seis lienzos de girasoles que se conservan. Van Gogh los pintó en 1888 y 1889. El cuadro no sufrió daños de importancia, según un comunicado del museo, que también aclaraba que la pintura está protegida por un cristal. Seis horas después del ataque, el lienzo intacto volvió a ocupar su lugar.
Mel Carrington, portavoz de Just Stop Oil, aseguró a The New York Times que habían comprobado de antemano que la obra estaba acristalada, por lo que las salpicaduras no causaría
Estaba en la estantería de casa de mis padres y lo leí con avidez en plena adolescencia. Aquel libro, titulado Viven, narraba la odisea real del avión que el 12 de octubre de 1972 trasladaba a Chile al equipo uruguayo de rugby Old Christians. El aeromóvil despegó de Montevideo, pero nunca llegó a Santiago. Se estrelló en los Andes. Su historia se hizo mundialmente conocida. Llegó a las televisiones, a los periódicos, incluso al cine, en una superproducción de Hollywood. Aislados en la nieve, los supervivientes tuvieron que tomar una decisión ante la que nadie querría verse.
Como adolescente de 17 años que era, sentí el terror leyendo aquel relato y decidí que jamás podría haber actuado como ellos. Aquel avión no era un vuelo comercial: además de los cinco tripulantes, en él viajaban los 15 integrantes del equipo de rugby y 25 amigos y familiares de los jugadores. Una comunidad, una familia de familias que viajaban de Montevideo a Santiago de Chile para ver a los suyos ganar un partido.
Chilenos, argentinos y uruguayos buscaron el avión durante 12 días. En ese tiempo, los que no perdieron la vida en la colisión tuvieron que sobrevivir como pudieron, soportando extremas temperaturas ba
“Señores jueces, quiero utilizar una frase que pertenece ya a todo el pueblo argentino: Nunca más”. Con estas palabras, el fiscal Julio César Strassera puso punto final a su alegato acusatorio durante el Juicio de las Juntas, el proceso que sentó en el banquillo y condenó a nueve miembros de la junta militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983, dejando 30.000 muertos, torturados y desaparecidos. Ahora, con la distancia temporal necesaria para poder hablar de un trauma doloroso, una película reconstruye aquel proceso que unió a un país tras esas dos palabras: “Nunca más”.
Aclamada en los Festivales de Venecia y San Sebastián, Argentina, 1985 –año en que se celebró el juicio– es, según los críticos, un excelente drama judicial con todos los ingredientes del género. El actor bonaerense Ricardo Darín interpreta el papel del fiscal Strassera. Una actuación que lo confirma, una vez más, como una de las estrellas indiscutibles del cine en habla española y que ha catapultado la cinta a los primeros puestos en la taquilla de Latinoamérica y España, lugares que también sufrieron dictaduras y no siempre han sabido ajustar cuentas con el pasado.
El caso de Argentina, de todas formas, es llam
Mantener intacta la belleza en el tiempo, captarla y encapsularla para que nada la deteriore parece ser una obsesión en nuestros días. Cuerpos y caras se retocan digital y quirúrgicamente para que no pierdan su frescura. Las obras de arte, que hasta ahora se habían librado de esta fobia antiedad, disfrutando del valor que otorga el paso del tiempo, hoy también están en peligro.
Y peligran por acciones como la de Martín Mobarak, empresario mexicano de origen libanés, que el pasado mes de julio, en una fiesta en su casa de Miami, prendió fuego al dibujo Fantasmones siniestros, pintado por Frida Kahlo en 1944. La locura del acto en sí no es menor que la de su objetivo. Antes de reducirla a cenizas, Mobarak había convertido la obra en NFT, siglas en inglés de non-fungible token, un activo digital único cuya posesión es tan exclusiva como la de quien posee una obra original.
Mobarak disfraza su acto de filantropía. “Convertir esta obra en un NFT es la manera en la cual podemos inmortalizar las obras y la vida de Frida. Estamos haciendo el puente entre el arte tradicional y el nuevo arte, que es digital”, relata en su canal de YouTube.
Si la cosa hubiera terminado ahí, a Mobarak se le podrí
Para un multimillonario, es duro aceptar que no se va a librar de ciertos problemas por mucho dinero que tenga. A menudo, los ricos escapan de las penurias del resto de los mortales: logran diferenciarse, ser distintos a los demás; estar por encima o al margen. Siempre en mejores condiciones, en ‘zona VIP’. Sin embargo, en el valle de San Fernando, en Los Ángeles, un pequeño dispositivo de metal está consiguiendo cambiar esta mentalidad.
Después de tres años de sequía en el Estado de California, las autoridades están tomando medidas para controlar el consumo desmedido de agua. Las piscinas siempre llenas, los estanques exóticos y las interminables praderas de césped que rodean las mansiones en el exclusivo suburbio de Calabasas son insostenibles. Esa es la cruda realidad que están asumiendo los ricos y famosos que viven allí.
Algunos han tenido que aprenderlo por la vía de los hechos: el chorro de su ducha ha perdido fuerza y ya no pueden lavar los platos y hacer la colada al mismo tiempo. El responsable es un limitador de caudal: un disco de metal con un pequeño orificio. El dispositivo se instala en la tubería principal de las mansiones de aquellos que, tras cinco advertencias y ci