Si existe un símbolo del paulatino proceso de desmoronamiento social y económico de Venezuela a lo largo de las últimas dos décadas, ése es sin duda la empresa estatal Petróleos de Venezuela, mejor conocida como PDVSA. La compañía fue fundada en 1975 tras la nacionalización del petróleo venezolano, y posee las mayores reservas petrolíferas del planeta. Alcanzó su máximo apogeo a finales de la década de los noventa, cuando conseguía bombear alrededor de 3,5 millones de barriles diarios. Esta cifra representaba, durante aquellos gloriosos años, en torno al 14% de toda la producción de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Ya poco ha quedado de aquellos tiempos dorados. A partir de 1999, año en que Hugo Chávez tomó el poder, los números no han hecho más que descender. Hoy en día, bajo el mandato de Nicolás Maduro, la producción apenas consigue superar el millón de barriles diarios, lo cual representa apenas el 3% de la producción total de la OPEP.
Los altísimos niveles de corrupción que imperan en prácticamente todas las instituciones públicas del país, así como la extrema ineficiencia de muchos trabajadores y directivos (el régimen ha despedido a miles de profe
Suele ser habitual que en los continentes o en las regiones se busque un referente político, ya sea vinculado con la derecha o la izquierda, que pueda ayudar a trazar el rumbo que un país desea seguir. Esto se ha visto con bastante claridad en Latinoamérica a lo largo de las últimas décadas. Y, sobre todo, en relación a la ideología izquierdista. Durante muchos años, Fidel Castro representó una especie de faro para incontables revolucionarios o progresistas, hasta que su empeño por perpetuarse en el poder a toda costa fue restándole apoyos en todo el continente. El relevo fue tomado por Hugo Chávez. Tras él llegó el turno de Lula da Silva y, más recientemente, Gustavo Petro ha estado generando bastante ilusión más allá de las fronteras de Colombia.
En el campo de la derecha, en cambio, nunca ha emergido un claro referente que concite la admiración de los diversos movimientos conservadores latinoamericanos. Jair Bolsonaro, afortunadamente, jamás contó con demasiado apoyo allende las fronteras brasileñas. Alberto Fujimori, quien gobernó Perú durante la última década del siglo pasado, generó durante unos pocos años cierto interés a nivel regional. También ocurrió algo similar con Álvar
Mucho se ha hablado en los últimos tiempos sobre el modo en que la política se ha ido convirtiendo, prácticamente en todos los rincones del planeta, en una especie de show mediático. Los líderes políticos se asemejan hoy en día a estrellas del mundo del espectáculo y del entretenimiento. Hay algunos que incluso podrían pasar por influencers o youtubers. Lo importante, al parecer, es siempre llamar la atención del modo que sea, agitar las pasiones y las emociones, y obtener un sinfín de likes en las redes sociales. El análisis o la profundización en los mensajes políticos (si es que hay alguno) han pasado a segundo plano.
Javier Milei, un emergente político argentino de 52 años, es la personificación de todo esto. Con su larga y muy llamativa cabellera ensortijada, da la impresión de ser una estrella de rock o un futbolista de los tiempos de Maradona. Pero lo que realmente llama la atención de este extravagante personaje son sus mensajes agresivos y la manera, sumamente teatral, de transmitirlos. Milei es lo que comúnmente se conoce como un outsider en el mundo de la política. Este economista y docente, quien suele ser calificado fuera de Argentina como un provocador de extrema derec
El conflicto bélico en Ucrania está enfangado en estos momentos. Y me refiero tanto en un sentido literal como metafórico. Con el deshielo producido por la llegada de la primavera, muchos carros de combate se hallan inmovilizados o avanzando a duras penas entre las grandes cantidades de barro que ahora se están acumulando. Pero también parece estar paralizada y embarrada la propia contienda, pues ambos ejércitos dan la impresión, desde hace ya algún tiempo, de sólo querer asegurar sus posiciones y evitar que el adversario pueda ganar unos pocos metros. La viva imagen de esta situación es el enclave de Bajmut, una pequeña población ucraniana, ahora reducida a cenizas, que está siendo disputada a sangre y fuego por miles de agotados combatientes desde hace largas semanas.
Según numerosos analistas, no hay manera de que Vladimir Putin pueda ya ganar esta sangrienta y despiadada guerra. Hay quienes opinan que la perdió al tercer día de iniciada la invasión, cuando sus planes de conquistar Kiev por medio de una guerra relámpago se fueron al traste. De modo que la demostrada incapacidad del ejército ruso para apoderarse del país vecino es ya una gran victoria para Zelenski. El problema es
El Congreso de Estados Unidos se está tomando bastante en serio las posibles repercusiones de las redes sociales, no sólo en el ámbito de la salud mental de los ciudadanos, sino también en relación a la seguridad nacional. En octubre de 2021, Mark Zuckerberg, fundador de Facebook y uno de los principales accionistas de Instagram, se vio sometido a un arduo escrutinio ante varios senadores. El motivo principal del interrogatorio fueron los testimonios, expuestos por Frances Haugen, una exempleada de Zuckerberg, según los cuales las plataformas de la compañía "dañan a los niños y adolescentes, avivan la división y debilitan la democracia". Y si bien Zuckerberg salió relativamente indemne de aquel escrutinio, lo cierto es que, tras aquello, una espesa sombra de duda y recelo se ha posado sobre algunas de las redes sociales más populares.
Esa sombra de duda se ha oscurecido aún más desde entonces. Ahora le ha llegado el turno a TikTok, una red social que causa furor (y muy probablemente muchas adicciones) entre los usuarios más jóvenes. Y ya no se trata únicamente del modo en que esta plataforma puede enganchar a las nuevas generaciones y moldear sus mentes de forma negativa, agudizando