Una Guerra Fría cada vez más caliente
Ya es un hecho: de la mano de Donald Trump el mundo entero va ingresando, de manera lenta pero inexorable, en una nueva era de incertidumbre nuclear, una versión actualizada de la antigua Guerra Fría que, poco a poco, va subiendo su temperatura. Sin embargo, a diferencia de aquella Guerra Fría que protagonizaron las dos grandes potencias de aquellos tiempos, la Unión Soviética y Estados Unidos, ahora se vienen a sumar otros protagonistas, para así añadir aún más leña al fuego: China y Corea del Norte, así como un nuevo aspirante a hacerse también con el poderío nuclear: Irán.
Sube la tensión en Oriente Próximo
Son ya legión los analistas que vienen advirtiendo, desde hace un buen tiempo, que la crisis en Siria está deviniendo en un grave conflicto internacional. Son muchas las piezas participantes en un complicadísimo tablero de ajedrez sobre el que hay demasiados intereses en juego. Siria, Estados Unidos, Rusia, Israel, Turquía, Irán, Arabia Saudí, Líbano… cada jugador intenta sacar la mayor tajada en este terrible embrollo que parece estar muy lejos de poder solucionarse. Poco a poco los distintos bandos van perfilándose, y entre ellos hay dos potencias regionales antagonistas que nunca han escondido su rivalidad: Irán e Israel.
Me parece completamente comprensible que la nación hebrea, rodeada desde su fundación por países que jamás han disimulado su hostilidad, recele de cualquier intento por parte de los Estados próximos, todos de mayoría musulmana, por ganar influencia y poder en la región. Ésta es precisamente la acusación que el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha vertido recientemente sobre el régimen iraní.
Aprovechando su turno de palabra en la Cumbre Internacional de Seguridad, celebrada en la ciudad alemana de Munich, Netanyahu afirmó el pasado 18 de febrero: “Actu
El magistral arte de perder el tiempo
Cuando eres un gobernante y tienes a la inmensa mayoría de la población en tu contra; cuando la escasez material, una altísima inflación, la delincuencia e incluso el hambre obligan a miles de ciudadanos a abandonar el país; cuando las arcas públicas están prácticamente vacías y resulta casi imposible encontrar financiación extranjera; cuando casi todos te han dado la espalda, tanto a nivel nacional como internacional; cuando todo esto ocurre y mucho más, entonces sólo te queda una única opción para aferrarte al poder con uñas y dientes: ganar tiempo. O lo que es exactamente lo mismo: perderlo. Sólo de esta manera, es decir, arrebatando al calendario un día más sentado en la silla presidencial y agotando la paciencia de todos alrededor, es posible permanecer en lo alto a través del tiempo. Y si no que se lo pregunten a Mugabe, a los hermanos Castro o a la dinastía norcoreana.
Ganar y perder tiempo es lo mejor que sabe hacer Nicolás Maduro en Venezuela. Es, sin duda alguna, el mejor método que ha encontrado para desmoralizar a sus adversarios, quienes tarde o temprano se verán obligados a admitir que poca cosa se puede hacer para desalojar a los autócratas chavistas del poder. A est
Río de Janeiro vuelve a estar bajo el control del ejército
Sostiene en sus libros el célebre sociólogo Steven Pinker, aportando numerosos datos y estadísticas comparativas, que nunca la Humanidad había vivido anteriormente, en términos relativos, un período histórico con menores niveles de violencia. En otras palabras, jamás nuestras sociedades habían sido tan pacíficas como hoy en día. De ser ciertas sus afirmaciones (y no tengo motivos para dudar de ellas), me surgen dos pensamientos. Primero, cuán terribles y violentas tienen que haber sido las sociedades en el pasado para ser peores que las nuestras. Y en segundo lugar, que nunca debemos dar nada por sentado. El hecho de vivir en tiempos relativamente pacíficos no quiere decir que no podamos volver a experimentar una involución en cualquier momento. Y yo, por desgracia, tengo la sensación de que siempre estamos a un paso de retrotraernos una vez más al tiempo de las cavernas.
Lo que está ocurriendo en Brasil en estos momentos es un claro ejemplo que ilustra mis temores más oscuros. Desde que el gigante país suramericano dejara atrás las tinieblas de la dictadura, allá por el año 1988, nunca sus ciudadanos habían experimentado tales niveles de violencia como en la actualidad. Una violenc
La locura anónima del fanatismo se extiende por las redes
Pocas cosas son más peligrosas hoy en día que la explosiva combinación entre redes sociales, anonimato e intolerancia. Infinidad de personas, sintiéndose amparadas, o más bien escondidas, tras la seguridad que brindan sus identidades virtuales, aprovechan la facilidad con que el odio puede ser transmitido por doquier a través de las redes sociales. De este modo, sin correr ningún peligro ni asumir ninguna responsabilidad, miles y miles de usuarios anónimos se dedican a dar rienda suelta a su fanatismo. El nuevo matonismo del siglo XXI ya ha llevado a más de una víctima, a través de este linchamiento mediático, al aislamiento, la depresión e incluso al suicidio. Y cuando el matonismo, también conocido en el mundo entero como bullying, se da la mano con el puritanismo en el ciberespacio, las consecuencias pueden ser catastróficas.
El artista brasileño Warner Schwartz ha sufrido esta terrible experiencia y la ha superado. Tal como él mismo afirma, “me mataron en Internet como si fuera un zombi de la serie The Walking Dead”. Todo se remonta al 26 de septiembre del año pasado. Ese día, Schwartz, un renombrado artista contemporáneo de Brasil, desarrolló una de sus tantas performances en e