Finalmente, después de más de ocho meses de parálisis gubernamental y tras la convocatoria de dos elecciones generales, España tiene gobierno estable. Bueno, lo de “estable” es un decir y ya lo explicaremos mejor más adelante.
Sin lugar a dudas, dos de los principales retos a los que se tendrá que enfrentar Europa al completo — no sólo durante este 2020 que acaba de comenzar, sino a lo largo de los próximos años — son el cambio climático y los grandes movimientos migratorios. Se trata de dos fenómenos que están interrelacionados. Se retroalimentan el uno al otro. Y es que, a medida que aumentan las temperaturas globales, se va incrementando también el proceso de desertificación del planeta, lo cual, a su vez, ocasiona que millones de seres humanos, ante la escasez de agua que riegue los sembradíos y alimente el ganado, se vean obligados a emprender una marcha en busca de mejores condiciones de vida.
La frontera sur de España ha sido, históricamente, uno de los principales puntos de entrada de la inmigración irregular proveniente del continente africano. Su cercanía con Marruecos ha motivado que miles y miles de migrantes, la mayoría de ellos provenientes de la región subsahariana, arriesguen sus vidas en el intento por cruzar las aguas del Mediterráneo a bordo de frágiles embarcaciones. Muchos políticos irresponsables, sobre todo pertenecientes a los sectores de la ultraderecha española, han utilizado el
Madrid y Barcelona, las dos principales urbes españolas, han decidido liderar el camino en la lucha contra la contaminación y el calentamiento global. El primer paso lo dio la capital española, al activar, a partir del pasado 30 de noviembre, el plan “Madrid Central”. Se trata de un proyecto que favorece el uso de bicicletas y de transporte público en una amplia zona del centro de la ciudad. A partir del 1 de enero, el proyecto ha activado nuevas medidas: desde ese día no pueden circular por la zona protegida los coches más contaminantes, es decir, los de gasolina matriculados antes del año 2000 y los diesel de antes de 2006.
Barcelona ha seguido un camino muy similar. También a partir del primero de enero, ha iniciado un plan para reducir la contaminación. Se trata, al igual que en Madrid, de un proyecto que busca mejorar las condiciones del aire que respiran a diario cientos de miles de ciudadanos. El plan es mucho más ambicioso que el madrileño, pues las restricciones afectarán no solamente al centro urbano, sino prácticamente a la ciudad al completo, es decir, unos 95 kilómetros cuadrados. El objetivo es evitar que aproximadamente 50.000 vehículos contaminantes, cuyas matricula
Todo parece indicar que durante este año 2020 seremos testigos nuevamente de grandes catástrofes medioambientales. Si hace unos pocos meses el planeta entero contenía la respiración ante el desastre ocasionado por una oleada de incendios en la selva amazónica, ahora la mirada se posa sobre el extenso territorio de Australia, el cual también se ha convertido en pasto de las llamas. Lo más descorazonador de todo es que la frecuencia con que se repiten cada año las calamidades en todos los rincones del planeta, ya sean incendios, tormentas, tifones, huracanes o largos períodos de sequía extrema, va acelerándose. Temo que llegue el momento en que el ser humano comience a observar todo esto con algo de desidia.
Pero esto no es una simple noticia más a la que debamos acostumbrarnos. Australia está sufriendo, desde hace ya varias semanas, una de las peores oleadas de incendios de toda su historia reciente. El territorio consumido por el fuego es ya casi el equivalente a toda la superficie de un país como Costa Rica. La virulencia de las llamas que todo lo arrasan a su paso obedece a una mezcla fatal de escasez de lluvias, fuertes vientos y altísimas temperaturas, las cuales en promedio sup
Estados Unidos, la única gran superpotencia mundial tras el desmoronamiento de la Unión Soviética, está comenzando a sentir el frío aliento de China en su nuca. Y es que el gigante asiático está recortando distancias a un ritmo vertiginoso. China se ha convertido, desde hace años, en una gran potencia mundial, tanto a nivel económico como militar. Y todo indica que este imparable crecimiento se acelerará conforme vayan transcurriendo las próximas décadas. No sé si Donald Trump, cuyas tres principales preocupaciones son él mismo, su popularidad y su reelección, estará experimentando alguna clase de nerviosismo, pero no tengo dudas de que muchos generales en el Pentágono deben de estar tragando saliva al observar el rápido acercamiento de China por el espejo retrovisor.
Según datos hechos públicos recientemente por el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz, el país asiático ha multiplicado por diez su gasto militar en las últimas dos décadas. Además, China cuenta con el ejército más numeroso del planeta. Aproximadamente dos millones de combatientes están listos para entrar en acción en cualquier momento. Siempre según el informe del instituto de Estocolm