Existe un antiguo lema sobre la capital de España que dice ‘De Madrid, al cielo’. Como si vivir en Madrid fuese igual de maravilloso que estar a las puertas del Paraíso. Sin embargo, últimamente la Comunidad de Madrid se parece más bien al infierno. Y no solo por los estragos que ha causado la pandemia del coronavirus (eso Madrid lo comparte con el resto del mundo), sino también por una desmoralizante situación política.
Lo último que necesita la capital de España, tras un año tan duro, con tantas muertes, desempleo y miedo, es tener que soportar una campaña electoral de alto voltaje en la que a menudo los candidatos caen en la frivolidad. En menos de una semana, el próximo martes 4 de mayo, cinco millones de madrileños estarán llamados a las urnas para elegir quién presidirá la Comunidad. Parecen unas elecciones menores, locales, pero no lo son.
La actual presidenta, la conservadora Isabel Díaz Ayuso, tiene la ambición de liderar la derecha en España. Por eso, cada día interpela al presidente del país, el progresista Pedro Sánchez. Y éste, incautamente, ha entrado al trapo. Así que lo que podían ser unas elecciones de mero trámite se han convertido en un titánico pulso entre la izqu
Las mascarillas son el auténtico símbolo de la pandemia que estamos viviendo. Son la muestra más visible de que un virus letal está arrasando a la humanidad. Dentro de muchos años, cuando alguien revise imágenes de 2020 y 2021, se preguntará qué pasaba, por qué todo el mundo llevaba mascarilla. El tapabocas es el estandarte de toda una época.
Nos ha costado, pero finalmente nos hemos acostumbrado: por fin sabemos cuál comprar y cómo usarla… pero la mascarilla sigue empañando gafas, provocando granitos y, lo que es peor, escondiendo nuestra sonrisa.
A veces, se nos olvida al salir a la calle, y nos sentimos desnudos. Para unos, la mascarilla es un icono de la responsabilidad cívica; para otros, un bozal, una mordaza. Quién lo iba a decir: la mascarilla es también una cuestión ideológica.
Me sorprendí mucho, hace unos meses, cuando escuché a un experto decir que, en realidad, la que yo llevaba puesta no me estaba protegiendo a mí, sino que más bien protege a los demás del virus que yo pueda propagar y que, de la misma manera, son las mascarillas que llevan los otros las que me protegen a mí. Es como encender los faros del coche de día, no para ver, sino para ser visto. Es ponerse en el
El mundo contuvo el aliento el pasado 20 de abril. Flotaba en el aire la sensación de que estábamos asistiendo a un momento realmente histórico cuando el juez Peter Cahill abrió el sobre con el veredicto del jurado. El ex agente Derek Chauvin era declarado culpable de asesinar a George Floyd. El júbilo estalló en las calles. ¿Ha comenzado el principio del fin de la violencia policial?
El propio desarrollo del juicio ya había supuesto algunas novedades: el Departamento de Policía de Minneapolis se había posicionado contra el ex agente y abandonado el usual corporativismo de las fuerzas policiales. Parte del mérito en ese giro es de Medaria Arradondo, el jefe de policía, quien calificó de asesinato lo sucedido y ordenó el arresto de Chauvin y de los otros agentes implicados.
Yo era muy joven cuando la ciudad de Los Ángeles vivió varias noches de disturbios por la paliza que unos policías dieron al afroamericano Rodney King. Fue en 1991 y era la primera vez que ese tipo de imágenes, grabadas entonces de casualidad, alcanzaban la esfera pública. Fue como si nos quitaran una venda de los ojos. En aquel tiempo no había teléfonos móviles con cámara de video. Tampoco los vehículos, ni los ag
Hubo un tiempo en que Twitter era como un patio de vecinos o una reunión de amigos: abundaban las confidencias, el ingenio y la cortesía. Hoy, manadas de bots y de perfiles anónimos entran cada día para volcar su odio, especialmente contra personajes públicos. La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, ha dicho basta. Harta de insultos y amenazas, abandona la red social del pajarito, en la que cuenta con un millón de seguidores.
No es fácil dejar Twitter cuando uno ya tiene un público considerable. “¿Hay alguien que no esté en Twitter para vender algo propio, aunque solo sea un poquito de reconocimiento, de atención, de caso, de que alguien sepa que existes?” se preguntaba el otro día en una columna de opinión el escritor Isaac Rosa, quien asegura que muchos de los usuarios de las redes sociales necesitan esas “migajas de visibilidad”.
En esta red social nos vendemos y nos exponemos, eso es verdad. Queremos que presten atención a lo que hacemos: escribir un libro, grabar un podcast, impartir un cursillo, contar chistes, defender una ideología política o luchar por una causa. Fue precisamente el activismo político lo que llevó a Ada Colau a abrirse una cuenta.
Pero no todo el mundo que frec
Estos días me ha llamado mucho la atención la historia de Iratxe y Déborah. Son dos jóvenes del País Vasco (al norte de España) que viven en una furgoneta adaptada porque no pueden pagar el alquiler de una casa. Cuando oí hablar de ellas pensé que eran dos chicas en paro, pero resulta que no. Iratxe es arquitecta y Déborah es una historiadora especializada en cine. Ambas son nómadas.
Hasta hace poco han estado aparcadas en la ciudad francesa de Biarritz, respetando el confinamiento impuesto por las autoridades locales a causa del coronavirus, pero ya han emprendido ruta. Ahora pretenden llegar a Italia (y donde el viento las lleve) viviendo en los seis metros cuadrados que mide su furgoneta. Una Peugeot que adaptaron ellas mismas en 2019. Le añadieron un WC con ducha, una cocina, dos sofás-cama, placas solares y un depósito de agua de 90 litros. El coste total fue de 20.000 euros: 7.500 euros comprarla y 12.500, de acondicionamiento. Lo que la gente del mundillo llama ‘camperización’.
Iratxe y Déborah habían estado meses ahorrando para cumplir su sueño. Suena muy idílico eso de que una playa o un verde valle se conviertan en tu sala de estar, pero no sé yo si cualquiera sería capaz d