En el norte de África, bañadas por el Mediterráneo, existen dos pequeñas ciudades españolas: Ceuta y Melilla. Formalmente son pedazos de un país europeo en el continente africano, pero en realidad son mucho más. En solo media hora, un ferry cruza desde la península ibérica a Ceuta. Hice ese pequeño trayecto – apenas 14 kilómetros – un verano con mi padre, cuando solo tenía 11 años. Pese a mi juventud, pude notar que llegaba a un mundo nuevo. Al fin y al cabo, iba a poner un pie en África.
El taxista que nos enseñó la ciudad – un laberinto empinado de callejuelas que se abría al mar con amplios paseos y edificios modernistas – era indio, pero hablaba español mejor que yo. En Ceuta y Melilla viven desde hace siglos cristianos, musulmanes, judíos e hindúes: todos ellos son españoles y, por lo tanto, ciudadanos de la Unión Europa. Todos ellos viven, desde hace siglos, casi siempre, en paz. Ceuta y Melilla son dos pequeñas avanzadillas de la multiculturalidad antes incluso de que se inventara esa palabra.
Ambas ciudades hacen frontera con Marruecos, que reclama su soberanía. Ese elemento de tensión es solo uno de los muchos que explican las relaciones de amor y odio entre marroquíes y esp
Hasta hace no mucho, solo podían ser víctimas de un secuestro personas, animales y objetos, todos ellos en cantidades manejables. A estas alturas del siglo XXI es posible secuestrar un oleoducto de casi 9.000 kilómetros de longitud entre Texas y la Costa Este, el mayor de Estados Unidos. Es lo que ocurrió el pasado 7 de mayo.
Un grupo de ciberdelincuentes utilizó un ‘software’ que, según las primeras informaciones, se apoderó del sistema informático que permite funcionar al oleoducto de la compañía Colonial. Luego se supo que, en realidad, lo que los ‘hackers’ habían intervenido no era el sistema de funcionamiento de esta gigantesca tubería, sino el sistema de facturación de la empresa Colonial que, al no poder cobrar a sus clientes, decidió detener el suministro. Entonces comenzó el chantaje.
O la empresa pagaba a los delincuentes, o la infraestructura quedaría paralizada indefinidamente. Por esa tubería circulan a diario unos 4.5 millones de barriles de petróleo, gasolina, diésel y otros productos refinados. La pérdida económica era descomunal.
El programa informático usado por los ciberdelincuentes es denominado ‘ransomware’, un tipo de virus que solo se desinstala de un sistema tr
El líder desde hace casi una década de la nueva izquierda española se cortó la coleta hace unos días, literal y metafóricamente. Pablo Iglesias, icono de la coalición electoral Unidas Podemos, dijo adiós a su melena poco después de haber abandonado sus cargos institucionales y tras los malos resultados de su partido en las elecciones regionales de Madrid. Cortarse la coleta, en España, es una expresión prestada de la jerga taurina y sinónimo de jubilarse.
Antes de irse, sin embargo, Iglesias designó una sucesora. Suavidad en las maneras, trabajo silencioso entre bambalinas y resultados tangibles. Díaz es, de alguna manera, lo opuesto a Iglesias. "Menos Twitter, menos ruido y menos grandes titulares": estas fueron las tres consignas que dio a sus 35 diputados en su primera reunión como nueva líder de Unidas Podemos. "Voy a tender puentes, la política del ruido y los muros no conduce a nada. Yo no ‘ordeno y mando’, quiero un liderazgo no jerárquico", declaró a elDiario.es el pasado mes de abril.
La gran esperanza de la nueva izquierda española, aquella que ideológicamente se sitúa a la izquierda del socialdemócrata PSOE, no es una recién llegada. A sus espaldas carga con una larga car
Es difícil expresar lo importante que es el turismo para un país como España. Ahí están las cifras, claro, pero más allá de los números diría que los españoles tenemos una relación casi vital con la llegada de turistas. Se podría comparar con el oxígeno: los turistas son oxígeno para este país y, en más de un sentido, la pandemia del coronavirus nos ha robado el aire.
Hace unas décadas, cuando España era gris bajo la dictadura del general Franco, la llegada de los primeros turistas, en los años 60, cuando comenzó a resquebrajarse el régimen, supuso la irrupción no solo de divisas, también de ideas frescas, de nuevas costumbres, ropas, canciones. De oxígeno, al fin y al cabo, para un país triste y pobre, pero rico en dos clichés: ‘sol y playa’.
En aquellos años, las autoridades acuñaron un eslogan internacional formado por tres palabras. Fueron las primeras en inglés que muchos españoles aprendieron: “Spain is different”. Era un lema ambiguo, no decía que España fuese mejor o peor. Después de dos décadas cerrada al exterior –desde el final de la Guerra Civil– España era una tierra que conservaba un halo de misterio.
Hoy, con una potente industria turística, España recibe cada año más d
En Occidente está extendido el cliché de que las sociedades orientales son profundamente tradicionales y poco dadas a los cambios de mentalidad. Una prueba de la falsedad de este cliché, como de tantos otros, es lo que está pasando estos días en China. El pasado 29 de marzo la activista Xiao Meili invitó a unos amigos a cenar en un restaurante de la ciudad de Chengdu. No sabía que aquella noche empezaría una de las mayores revueltas feministas que se recuerdan en China.
Cuando el grupo se sentó a cenar, a Xiao le molestó el humo del tabaco de un hombre que fumaba en una mesa vecina. Le preguntó si le importaba apagar su cigarrillo, ya que estaban en un espacio público. El hombre no sólo se negó, sino que estalló en furiosos insultos. Xiao sacó su teléfono y empezó a grabar, por si la situación iba a más. "Mujer estéril", grita el hombre en la grabación, lleno de ira. Después se levanta y rocía a Xiao y a sus amigos con una salsa caliente.
En comisaría, y para sorpresa de Xiao, la policía dijo que la culpa era de ambos. Frustrada, y tras consultar con abogados, Xiao decidió publicar el vídeo en la plataforma Weibo, una especie de Twitter chino que cuenta con más de 500 millones de usu