Putin nos tenía ya acostumbrados a sus granjas de bots. A sus campañas de desinformación en las redes sociales. Supongo que era cuestión de tiempo para que China, otra autocracia con mucho que esconder, desarrollara capacidades similares. Parece que el momento ha llegado.
El pasado 4 de diciembre, The Guardian informaba de la enorme campaña lanzada por el Gobierno chino, o alguna subcontrata financiada por Pekín, para enterrar noticias verídicas sobre las protestas contra la política “Covid cero” en China. Según diversos expertos, las redes de spambots que hay detrás de esta iniciativa son ágiles, resilientes y cuentan con muchos recursos. “Pocas campañas de influencia son capaces de alcanzar este nivel de actividad”, aseguraba una analista de la organización Recorded Future.
En redes sociales como Twitter, las conversaciones en chino sobre las protestas han quedado inundadas con enormes cantidades de mensajes pornográficos, enlaces a servicios de citas, anuncios de señoritas de compañía y otros contenidos. Según los expertos, una campaña de desinformación de este calibre no sería posible sin el uso de herramientas automáticas. ¿Y cómo se sabe que China ha usado este tipo de automati
Tras haber visto una película o un espectáculo realmente malos, imagino que habréis tenido alguna vez la sensación de haber desperdiciado unos preciosos instantes de vuestra vida. Yo he tenido esa sensación cada vez que, zapeando, he cometido el error de detenerme a ver el programa de televisión El Hormiguero.
Un producto televisivo que a mí me da vergüenza ajena. Facilón, retrógrado y… sexista. Estos días, el presentador del programa, Pablo Motos, está siendo coprotagonista —involuntario— de la campaña #EntoncesQuien, desarrollada por el Ministerio de Igualdad de España contra la violencia machista.
La campaña utiliza diversos sketches para ilustrar situaciones de violencia machista que, aún a día de hoy, en nuestro país una buena parte de los hombres, sospecho, no identificaría como tales. Un joven que explica que su truco para “ligar” cuando sale de fiesta es beber zumo, y así poder abordar a chicas “muy borrachas”. Unos aficionados al fútbol coreando “Él no fue” en relación a un jugador condenado por darle un puñetazo a su pareja. Y un presentador de televisión preguntándole a la invitada: “¿Tú cuando duermes usas ropa interior sexy o cómoda?”.
Pablo Motos le hizo exactamente esa
Este año, las empleadas del hogar —un 95 % son mujeres— alcanzaron una gran victoria en España, con la equiparación de sus derechos laborales a los del resto de trabajadores. “¡Se acabó la esclavitud!” gritaba un grupo de mujeres en la Plaza de las Cortes de Madrid, tras ratificar el Congreso de los Diputados en junio el convenio de la OIT —Organización Internacional del Trabajo— para los trabajadores domésticos.
Otras noticias, desgraciadamente, no son tan buenas para el sector. Con la inflación, todos buscamos maneras de recortar gastos no esenciales, como puede ser… la ayuda doméstica. Y justamente la OIT advertía, el pasado 30 de noviembre, que la subida de los tipos de interés por parte del Banco Central Europeo, para ayudar a reducir la inflación, se notaría en los hogares. De nuevo, malas noticias.
A medida que lo peor de la pandemia de Covid ha ido quedando atrás, —toquemos madera— ha habido un lento goteo de noticias informando que diversos sectores superaban los niveles de actividad prepandemia. No así el empleo doméstico. En los meses anteriores a la pandemia, había unas 394.000 empleadas del hogar afiliadas a la Seguridad Social en España. En la actualidad, la cifra se si
En toda mi vida, no he conocido nunca a nadie que haya sufrido la okupación de una vivienda. Y, sin embargo, a juzgar por lo que uno ve en los medios, se diría que es un problema grave en nuestro país. En parte, los medios tienen una cierta tendencia a abusar de temas que, como la okupación, generan alarmismo, por la sencilla razón, creo, de que es una manera eficaz de atraer la atención del público. Pero en España también se habla de este tema más de lo debido porque los partidos políticos —y, en especial, la ultraderecha— llevan años enzarzados en una batalla por enarbolar la bandera “antiokupa”.
El pasado martes, 29 de noviembre, el Partido Popular llevaba al Congreso una proposición de ley para que las viviendas okupadas pudieran desalojarse en un plazo máximo de 24 horas. La propuesta fue rechazada por el pleno, al igual que otra proposición similar presentada por el grupo conservador hace tan solo unas semanas, y que tampoco contó con los suficientes apoyos parlamentarios. ¿Cuántas propuestas de ley parecidas, e igualmente abocadas al fracaso, veremos todavía aterrizar en el Congreso? Este tipo de politiqueos, debo admitirlo, me pone furioso.
Por lo general, creo que la alarma
Una baguette no es solo una barra de pan francés. En un país orgulloso de sus tradiciones, como es Francia, imagino que la mayoría estaría de acuerdo en que es mucho más. Y quien ciertamente lo ve así es la UNESCO, que el pasado miércoles, 30 de noviembre, anunciaba la entrada de la baguette en la lista de Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad.
Para la UNESCO, la baguette es un tipo de pan elaborado en pequeños lotes y que solo puede incluir cuatro ingredientes: harina, agua, sal y levadura o masa madre. Pero la baguette es también, entre otras cosas, unas prácticas sociales, como ir a comprarla a diario a una boulangerie; la experiencia sensorial asociada a su consumo; y la manera de transmitir las técnicas de elaboración correspondientes, que combinan la enseñanza formal con algún tipo de aprendizaje práctico.
A mí —como a millones de personas en todo el mundo— me encantan las baguettes. De hecho, admito que soy un poco esnob del pan francés, y, quizá especialmente, de las baguettes. Muero por una baguette artesanal recién sacada del horno. Y es por ello que, aunque me parece motivo de celebración, creo que, en cierta manera, la decisión de la UNESCO es también una oportun