Fumata blanca desde la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Desde el pasado sábado, 4 de marzo, y por primera vez en la historia, el planeta dispone de un tratado unificado para proteger la biodiversidad en la altamar. Dos intensas semanas ha durado la ronda final de negociaciones. Y las discusiones anteriores para llegar hasta este punto… 20 años.
“El barco ha llegado a puerto”, anunciaba tras alcanzarse el acuerdo una emocionada Rena Lee, la presidenta de las negociaciones, para ovación de las delegaciones reunidas en la ONU. Ahora, el personal de Naciones Unidas dará una última revisión al texto del acuerdo, que será también traducido a diversos idiomas. Y después comienza el siguiente paso, tan importante, si no más, como la aprobación misma del tratado: su ratificación por parte de los países y el establecimiento de las zonas marinas protegidas.
La altamar es la parte de los océanos más allá de las aguas territoriales de los países, es decir, a más de 200 millas náuticas de las costas. Es el mayor hábitat natural del mundo y supone dos terceras partes del total de los océanos. Entre las principales amenazas que acechan la altamar están la contaminación, el cambio climático
Una ciudad dinámica tiene que estar abierta al mundo. Y el turismo puede suponer una fuente considerable de ingresos. Y, sin embargo, el número de ciudades donde cada vez más gente comienza a ver a los visitantes con cierto recelo parece ir en aumento. Cada vez más lugares, se diría, empiezan a tener una relación de amor-odio con los turistas.
En España, quizá este fenómeno es especialmente notorio en Barcelona, donde está alcanzando niveles… preocupantes. Las pasadas navidades, estando en el extranjero, conocí a una joven francesa. En cuanto supo que yo era español, me preguntó mi opinión sobre los barceloneses y enseguida sospeché que la chica había tenido alguna mala experiencia en la capital catalana. En efecto: según me contó, unos vecinos le tiraron piedras desde el balcón. Con mala puntería, afortunadamente.
Al parecer, la joven había ido a Barcelona a celebrar una despedida de soltera. El grupo estaba de fiesta a altas horas de la noche, en plena calle, cuando ocurrió el desafortunado incidente. Tirar piedras desde un balcón no tiene justificación, punto. Y, sin embargo, habiendo yo vivido en Barcelona y habiéndome despertado por la noche los gritos de gente en la calle, conf
“El Ayuntamiento de Barcelona se abre a multar por discriminación lingüística”, rezaba un titular de El Periódico el pasado 22 de febrero. Un buen título, imagino, si lo que perseguía el artículo era generar clics. Aunque, como resumen del paquete de medidas aprobadas hace unos días por el Ayuntamiento de Barcelona para promover el uso del catalán, el titular de El Periódico iba más bien desencaminado.
Las nuevas medidas, en realidad, no contemplan sanciones más allá de las ya fijadas por la normativa lingüística de la Generalitat —el Gobierno regional de Cataluña—. En la comunidad catalana, todo ciudadano tiene derecho a ser atendido tanto en catalán como en castellano por la administración pública. Un derecho que las nuevas medidas pretenden reforzar, lo cual podría llevar, imagino, a que haya un aumento de las sanciones.
Pero este problema es, creo, una minucia en comparación con el verdadero reto al que se enfrenta estos días el catalán: un uso cada vez menor, especialmente entre los jóvenes. Jordi Martí, el teniente de alcalde de Cultura del consistorio barcelonés, es muy consciente de que esta situación no se va a resolver a base de sanciones. Como declaraba hace unos días a El
Las fotos de la cantante Rosalía y del artista puertorriqueño Rauw Alejandro por Barcelona a altas horas de la noche, el pasado 22 de febrero, causaron furor en las redes sociales. La pareja acudió a una fiesta en una conocida discoteca barcelonesa donde, sorpresa sorpresa, fueron el centro de atención. En un momento de la noche, hasta subieron a la cabina del DJ, donde estuvieron cantando y bailando. Imagino que los asistentes disfrutaron con la presencia de una de las parejas de moda en el mundo de la música.
De madrugada, ya acabada la fiesta, se pudo ver a Rosalía y Rauw Alejandro por las calles de la capital catalana. Las imágenes de la pareja no tardaron en aparecer en Internet, donde provocaron un aluvión de comentarios. Si las redes sociales se caracterizan por algo, es por que no suelen faltar nunca las críticas. Y, sin embargo, solo me pareció ver comentarios positivos, con frecuencia hasta cariñosos, a las fotos de Rosalía y su novio.
La verdad es que, para cualquiera que haya pasado una noche sin dormir, divirtiéndose, resulta difícil no verse reflejado en las imágenes de la pareja. El rímel de ella ya un poco corrido, él agarrado a su copa como si de un salvavidas se tra
Un enemigo íntimo. Como europeo, a día de hoy, es así como veo al presidente ruso, Vladímir Putin. Como podéis imaginaros, no lo conozco personalmente, pero en Europa llevamos más de veinte años tratando con él y, de alguna manera, creíamos conocerlo. Es posible que Putin haya cambiado con los años. Pero, quizá con mayor probabilidad, el sanguinario dirigente que lleva un año causando muerte y destrucción en Ucrania se acerca mucho más al verdadero Putin que la imagen que los europeos teníamos de él hace, digamos, 10 o 15 años.
El vecino de al lado con quien creíamos tener una amistosa relación… resultó ser un psicópata asesino. Cuando uno echa la vista atrás, se siente raro, y se pregunta si debería haber actuado con más cautela. ¿Quizá los europeos deberíamos haberlo pensado dos veces, por ejemplo, antes de entregarle al estado ruso enormes cantidades de dinero, durante décadas, a cambio de combustibles fósiles? ¿Quizá deberíamos haber respondido de manera mucho más contundente tras la anexión rusa de Crimea en 2014? Etcétera.
Las señales de que, con China, Occidente podría estar cometiendo un error similar —aunque, potencialmente, creo, incluso más grave— no son nuevas. Pero, tras