Hace tiempo fui testigo de un divertido intercambio entre un amigo mío y su sobrina, que tendría cuatro o cinco años de edad. “¿Cuáles son tus colores favoritos?”, le preguntó mi amigo a la niña. “Todos los colores”, respondió ella inmediatamente. “¿Y qué colores son esos?”, insistió él. “Mis colores favoritos”, remató la niña sin dudarlo.
Recientemente me acordé de esta conversación mientras leía una entrevista del año pasado al artista italiano Maurizio Cattelan. Como sabréis, el pasado 20 de noviembre, su obra Comedian, un plátano pegado con cinta a la pared, alcanzó los 6,2 millones de dólares en una subasta de Sotheby’s en Nueva York.
Al igual que mi amigo a su sobrina, el entrevistador intentaba sonsacarle respuestas a Cattelan, que, escurridizo y juguetón, evitaba darlas. Tras la millonada que el emprendedor de criptomonedas chino Justin Sun pagó por Comedian, sin duda volverán a hacerle a Cattelan algunas de las mismas preguntas.
¿Qué significa un plátano pegado con cinta a una pared?, insistirán. Quizá Cattelan responda de nuevo que el significado de una obra de arte depende de cada uno. O posiblemente vuelva a opinar que, si una cosa puede reducirse a un concepto claro, artí
Juan Bravo Murillo, un político liberal y ministro de Hacienda del siglo XIX, tiene una emblemática calle de Madrid a su nombre. Desconozco, lo admito, cuáles fueron sus logros como administrador de la Hacienda pública. Pero si es cierto, como dicen, que el antiguo ministro acuñó la frase Hacienda somos todos, ya por ello me parece merecedor de tener su nombre en el callejero de la capital.
¿Quién, en nuestro país, no ha pronunciado o escuchado esta frase en alguna ocasión, casi siempre en tono sarcástico? Sí, para que la sociedad funcione, todos debemos pagar impuestos y, sin embargo, también duele ver cómo el fisco se lleva una parte considerable de nuestros ingresos.
En un sentido más literal, Hacienda son también los más de 42.000 trabajadores que tiene la Agencia Tributaria. Los empleados del fisco están distribuidos por toda España, aunque a mí me gusta imaginar que trabajan todos juntos en una altísima torre de oficinas, ubicada en algún lugar desconocido de Madrid. En las plantas más bajas estarían los gestores, técnicos, etcétera. En las más altas, los inspectores. Una figura temible, la del inspector de Hacienda: solo escuchar su nombre ya provoca pavor en el contribuyente.
A cuántos lingüistas no habré oído decir, a lo largo de los años, que el bilingüismo es imposible. Siempre me habían parecido agoreros. Académicos desfasados que —cual Bill Murray en El día de la marmota— creían levantarse siempre el mismo día. O, más bien, en los mismos 40 años: los que duró la dictadura franquista, que mantuvo oprimidas las lenguas minoritarias de nuestro país —el euskera, el gallego, el catalán, el valenciano y el aranés— en favor del castellano.
Por desgracia, la llegada de la democracia no resolvió de un día para otro los problemas de las lenguas minoritarias de nuestro país. El año que viene, habrá pasado medio siglo desde que dejamos atrás el franquismo. Y, sin embargo, el pasado 17 de noviembre, miles de personas tuvieron que manifestarse en Santiago de Compostela para defender su lengua, el gallego, que se encuentra, aseguran, en una situación de "emergencia lingüística extrema”.
El Instituto Galego de Estadística ha publicado recientemente datos que han dejado a muchos profundamente preocupados: en Galicia, la población que habla siempre en castellano supera ya a la que habla en gallego, y un tercio de los jóvenes menores de quince años no sabe hablar la l
La recogida de la aceituna suele ser noticia. En los últimos años, quizá especialmente por las malas cosechas, que han hecho disparar el precio del aceite de oliva. Tener el aceite de oliva caro en España es como tener la gasolina cara en Estados Unidos. Es algo que pone a la gente de muy mal humor. Este año, sin embargo, parece que habrá una buena cosecha y la campaña de la aceituna ha vuelto a ser noticia por el motivo de siempre: las dificultades que pasan los temporeros.
Cáritas Diocesana, una organización caritativa de la Iglesia, denunciaba en los medios el pasado 17 de noviembre que muchas personas dormían al raso en las calles de Jaén. La mayoría, según Cáritas, eran migrantes. Trabajadores temporeros que habían llegado para la recogida de la aceituna.
Es Andalucía, la región que concentra gran parte de la producción de aceitunas en España, hay más de 300 pueblos con olivares, muchos en la provincia de Jaén. En esta época del año, llegan allí miles de migrantes para trabajar en la campaña de recogida: 4.000 personas de media por temporada, aunque en ocasiones han sido más de 8.000. Muchos de estos temporeros llegan sin contrato de trabajo y, con los años, se ha creado una red
WebCrawler, Lycos, Yahoo, Altavista. A mediados de los noventa, aparecían constantemente nuevos buscadores de Internet, cada uno mejor que el anterior. Después, en 1998, llegó Google, desarrollado, como casi todo el mundo sabe, por Larry Page y Sergey Brin.
Cuando apareció, Google era también el buscador más potente del momento. Ahora, sin embargo, ya no sabemos si lo es, porque, aunque sí que existen otros buscadores, muy poca gente los utiliza. El mero hecho de sugerir que pueda haber otros buscadores mejores ya suena algo absurdo. Lo cual, en sí mismo, ya me parece mala señal.
Google tiene el monopolio de facto de las búsquedas online, eso es un hecho. Incluso si ello se debiera exclusivamente a una superioridad técnica, los organismos reguladores podrían optar por intervenir, e intentar promover la competencia. La cuestión es que Alphabet, la compañía matriz de Google, mantiene el monopolio de las búsquedas online no solo esforzándose por tener el mejor producto… sino también por medio de las malas artes.
Hace unos meses, un juez federal estadounidense dictaminó que Google mantenía su posición dominante de mercado por medios ilegales. Solo en 2021, al parecer la compañía se gastó