Es un error pensar que los derechos sociales conquistados perdurarán para siempre. Los países democráticos son como barcas precarias, que se inundan de manera lenta pero constante en un mar de intolerancia y fanatismo. Los demócratas no pueden cruzarse de brazos: hay que achicar agua constantemente, o la barca se hundirá. Un buen ejemplo es lo que acaba de ocurrir en Hungría.
En ese país avanzado, miembro de la Unión Europea –un santuario político en el que, se supone, se respetan los derechos humanos–, Fidesz, el partido del primer ministro populista y ultraconservador Viktor Orbán, ha decidido prohibir la manifestación del Orgullo LGBT+.
El pasado 18 de marzo, el Parlamento húngaro aprobó la medida y, además, dio luz verde a que la policía pueda emplear programas de reconocimiento facial para identificar a los manifestantes. Al parecer, le da igual a la mayoría ultraconservadora húngara, abiertamente antieuropeísta, que la reciente Ley europea sobre Inteligencia Artificial limite el uso de estas herramientas digitales a casos de amenazas terroristas.
La excusa que Orbán y sus aliados ponen para este insólito veto al derecho de manifestación es la protección de la infancia. Argumenta
Todos los pueblos y ciudades tienen su plaza emblemática. En Nueva York es Times Square; en Londres, Piccadilly Circus; en Madrid, la Puerta del Sol. Ese lugar es algo más que el centro de la capital de España. Es, de alguna manera, el corazón del país. Desde allí parten las carreteras que, como arterias, conectan con el resto de las ciudades. Buena parte de la historia de España ha pasado por esta plaza, por la que hoy circulan ricos y pobres, turistas despistados y madrileños de pura cepa.
Un edificio imponente, un palacio del siglo XVIII, corona la plaza. Acoge la sede del Gobierno regional, que preside la conservadora Isabel Díaz Ayuso. Las campanadas del popular reloj de la Real Casa de Correos –que así se llama el edificio–, sirven de referencia en la mayoría de los hogares españoles para dar la bienvenida al Año Nuevo cada 31 de diciembre.
En ese lugar lucharon los madrileños contra la invasión napoleónica en el siglo XIX, y allí se declaró, en 1931, la Segunda República. Pero ese palacio tiene también un rostro menos heroico. Durante la dictadura franquista, la Dirección General de Seguridad –la siniestra DGS– utilizó los sótanos del palacio para torturar a estudiantes, m
Suele decirse aquello de que nuestros ancestros debieron de pasar mucha hambre si se atrevieron a meterse en la boca un cangrejo, una gamba o un mejillón. Quizá no les hizo falta valentía: simplemente observaron lo que hacían las gaviotas y las focas, y las imitaron. El marisco es hoy considerado un producto gourmet y encuentra al noroeste de España, en las costas de Galicia, un entorno ideal para prosperar. Allí está la famosa Ría de Arousa, una ensenada de 230 kilómetros cuadrados abierta al Atlántico. Sus condiciones únicas la convierten en un colosal vivero de mariscos.
Es difícil entender a los gallegos sin su relación con el mar. Tierra adentro, la vida agrícola y ganadera siempre fue dura en esta escarpada región de España. Pero el mar era fértil. También, era la vía hacia una vida mejor. Es un pueblo de diáspora, el gallego; enamorado y temeroso del mar, que todo lo da y todo lo arrebata en un instante. Por eso los gallegos son gente de leyendas marinas, como los otros pueblos celtas con los que están emparentados. Sin embargo, hoy su forma de vida ancestral está amenazada.
En los últimos cinco años, las capturas de marisco han pasado de más de 2.500 toneladas de bivalvos
Cuando mis padres celebraron sus bodas de oro, sus hijos decidimos fundir nuestras joyas de la infancia –un colgante, tres medallitas– y elaborar con ellas dos pequeños broches para recordar el medio siglo de aquel matrimonio que nos trajo al mundo. Ninguna otra materia encierra tanto simbolismo como el oro. Esa potencia conceptual explica, en parte, el enigma de su perdurable valor.
Por el oro han sido conquistados países, han caído reyes y han muerto miles de seres humanos. El oro está en los mitos y en las leyendas; en los dientes de las momias y en las coronas de los emperadores. En la escuela estudiamos el célebre ‘patrón oro’, de cuando el dinero de un país no valía nada, si no había oro en sus arcas para respaldarlo.
Los primeros objetos fabricados con oro datan de 4.500 años antes de Cristo. Parece mentira que en el siglo XXI el ser humano siga fascinado con el oro. Y que el oro siga siendo noticia. Este mes de marzo su precio batió su récord histórico: más de 3.000 dólares por cada onza.
El ‘patrón oro’ se abandonó tras el crack de 1929, pero el oro ha seguido siendo un refugio para los inversores, un valor en el que guarecerse en tiempos de incertidumbre económica. Los exper
El cliché dice que los jóvenes quieren experimentar y coquetear con los límites de lo permisible. No es raro que el alcohol –como sustancia peligrosa y propia de adultos– fascine a los espíritus inmaduros. En España, además, el alcohol es considerado parte de la cultura del país. Al fin y al cabo, protagoniza los ‘buenos momentos’: bodas, bautizos, cumpleaños y fiestas patronales. Hasta el año 2000, todavía era legal beber alcohol a los 16 años.
Para entender cierta mentalidad basta recordar las palabras proferidas en 2007 –en un tono ciertamente inmaduro– por el expresidente del Gobierno José María Aznar. En un acto público, Aznar se quejó de las advertencias de las autoridades de tráfico sobre el peligro del alcohol al volante. “Dejadme que beba tranquilo”, dijo.
Por fortuna, los tiempos han cambiado. Después de tres intentos fallidos repartidos a lo largo de varias décadas, el actual Gobierno ha conseguido por fin aprobar una ley para romper definitivamente la inercia perniciosa que ve como aceptable –e incluso recomendable– el inicio temprano en el consumo de alcohol. Soplan nuevos aires. Cada vez más referentes juveniles –actores, cantantes e influencers– se declaran abstemios.