“Os voy a ser franco: A largo plazo, un arancel del 25 % sobre México y Canadá le haría un agujero a la industria estadounidense como nunca antes se ha visto”, decía hace unos días Jim Farley, el director ejecutivo de Ford.
Lo que busca Trump con el arancel, dicen los analistas, es hacerle la vida difícil a las compañías que exportan a Estados Unidos, para que decidan trasladar su producción a suelo estadounidense. Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas.
Para empezar, los propios fabricantes estadounidenses de automóviles llevan a cabo parte de su producción en el extranjero: piezas, modelos enteros de coche. Si fabricarlo todo en Estados Unidos fuera lo más óptimo, ya lo estarían haciendo. Pues no. Aquí viene Trump, como un elefante en una cacharrería, dispuesto a echar por tierra el complejo sistema de producción, distribuido geográficamente, que han desarrollado estas compañías. Aquí viene Trump a decirles cómo llevar su propio negocio.
Montar nuevas instalaciones industriales requiere miles de millones en inversión. Tiempo. Esfuerzo. No es una decisión que ningún fabricante de automóviles, ni estadounidense ni de ningún lugar, vaya a tomar a la ligera. Especialmente, siguien
España aumentará el gasto de defensa al 2 % del PIB. Pero no en 2029, como estaba previsto, sino antes. El pasado 26 de marzo, Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno, acudió al Congreso para participar en un pleno monográfico sobre el nuevo escenario geopolítico mundial. Sánchez informó de que quiere tener un nuevo plan de defensa antes de la próxima cumbre de la OTAN en La Haya, a finales del mes de junio.
Tratándose de un tema de Estado, la sesión del Congreso me pareció un poco triste. Cada partido político en su rincón, anquilosado en las mismas posturas de siempre. Una situación que, de hecho, ya se preveía, porque la ronda de búsqueda de apoyos que Sánchez llevó a cabo recientemente no tuvo los resultados esperados.
Una de las críticas más duras vino de la izquierda, del grupo Podemos. Ione Belarra, la secretaria general del partido, y antigua ministra de Derechos sociales, llamó al presidente Sánchez “señor de la guerra”. También dijo que “El riesgo de que ustedes nos lleven a la Tercera Guerra Mundial es enorme”.
La Sra. Belarra dijo, imagino, lo que cree que sus votantes quieren oír. Y, sin embargo, en el actual escenario geopolítico, sus palabras me parecieron irresponsab
El embajador de Afganistán en España, todo parece indicar, es un depredador sexual. Leer estos días en prensa las historias de las mujeres a las que ha violado o agredido sexualmente me dejó furiosa e indignada. También triste. Aunque, mientras este criminal siga libre, la tristeza es un lujo que quizá no debamos permitirnos. Ya nos pondremos tristes cuando esté en prisión. No por él, claro; por sus víctimas.
Que el diplomático acabe en la cárcel, sin embargo, está por verse. El 26 de agosto de 2024, la Fiscalía Provincial de Madrid recibió una denuncia de agresión sexual contra Rahim Peerzada, embajador de Afganistán en España. Pero la denuncia fue archivada, porque el embajador gozaba de inmunidad diplomática.
Si Peerzada fuera diplomático de un Estado de derecho, se le podría enviar de vuelta a su país, para que fuera juzgado allí. Pero ¿qué puede esperarse del régimen talibán? Si va a hacerse justicia, tendrá que ser en España. Y, sin embargo, hasta ahora las autoridades españolas se han lavado vergonzosamente las manos.
Hace unas semanas, con motivo del Día de la Mujer, Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno, presumía de que en nuestro país las agresiones sexuales no quedan im
“¡Buenos genes!” suelen decirme, cuando explico que mi abuelo vivió hasta los 105 años. Pues sí, buenos genes, aunque yo también atribuyo su longevidad a los muchos años que trabajó en el campo. Una vida dura, pero sana: activa, al aire libre, comiendo alimentos naturales…
A mi abuelo, que era catalán, sin duda le resultarían familiares las recetas del libro Esmorzars de forquilla —“desayunos de tenedor”— de Albert Molins. El periodista, entrevistado por elDiario el pasado 22 demarzo, considera que un “esmorzar de forquilla” es mucho más que un desayuno fuerte; es el tipo de comida que mejor defiende la tradición culinaria catalana. Un “acto de resistencia cultural”.
¿Resistencia frente a qué? Pues frente a las prisas de la modernidad. Frente a lo foráneo: el brunch, el desayuno inglés… Frente a la nueva gastronomía catalana de chefs estrella como Ferran Adrià, o como los hermanos Roca.
Frente a todo esto, la tradición: platos como los callos, la capipota —cabeza y pata de ternera—, los calamares rellenos de butifarra, el rabo de toro, el morro de bacalao… Estas recetas, creo, siguen muy vivas en la cocina catalana, pero Molins no quiere simplemente conservarlas. El periodista defiend
Viendo algunas fotos de Charlie Javice entrando en el tribunal de Manhattan donde se la juzga, se diría que le acaban de contar una anécdota divertidísima. Cuando uno se juega años de cárcel, imagino, hay que hacer un esfuerzo por no derrumbarse ante la presión. Y, sin embargo, otra cosa muy distinta es dar la impresión de tomárselo todo a broma.
Con veintitantos años, y tras graduarse en la Wharton School of Business de la Universidad de Pennsylvania, Javice lanzó Frank. El corazón de la startup era un software que, supuestamente, simplificaba enormemente el complicado proceso de solicitar ayuda federal para estudiantes. Javice se convirtió en una emprendedora estrella. Aparecía con frecuencia en televisión. La revista Forbes la incluyó en su lista “30 Under 30”. Después, en 2021, el banco J.P. Morgan Chase compró la startup Frank.
El banco, sin embargo, se encontró con una desagradable sorpresa. Javice les había asegurado tener ya alrededor de 4 millones de clientes. La cifra real era, no obstante, mucho más discreta: 300.000. Para engañar al banco, al parecer la emprendedora se valió de datos falsos.
El pasado viernes, 28 de marzo, Javice fue declarada culpable de defraudar a J.P.