El enfoque de muchos países para afrontar el brote de coronavirus es el que todos conocemos: aplanar la curva mediante medidas de confinamiento, y después recuperar paulatinamente la normalidad. Es un proceso que, en el mejor de los casos, lleva varios meses, pero que, si hay rebrotes, podría acabar alargándose mucho más. Y es un proceso con un alto coste en vidas humanas.
Después hay unos pocos países que, más que aplanar la curva, la han destruido, como es el caso de Islandia. Hasta ahora, como informaba Associated Press el pasado 4 de mayo, en el país del Atlántico Norte se han detectado alrededor de 1.800 casos del virus, y solo han muerto 10 personas. Cierto, la población de Islandia es solo de aproximadamente 360.000 personas, pero el número de víctimas por cada cien mil habitantes no llega a las 3. Mientras tanto, en España e Italia, los países europeos más castigados por la pandemia, la cifra alcanza los 50 y 45 muertos respectivamente por cada cien mil habitantes.
¿Cómo lo han logrado los islandeses? Pues, increíblemente, sin tan siquiera pasar por un confinamiento generalizado. Islandia ha aplicado con éxito una estrategia con la que la mayoría de otros países solo podemos
Como comentábamos en el programa de la semana pasada, el domingo 26 de abril fue el día con el que millones de niños españoles —y sus padres— llevaban semanas soñando: poder salir un rato de casa. La regla establecida por el Gobierno para estas salidas es la de los “cuatro unos”: un adulto acompañando a los niños, una vez al día, durante una hora y a un kilómetro de distancia del domicilio, como máximo.
Tratándose de un domingo de primavera, y con el tiempo que llevábamos todos esperando este momento, la gran incógnita era hasta qué punto se iba a respetar la regla. Pero, ¿cómo fue el “experimento”?
Sin aportar demasiados datos, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, aseguraba a principios de la semana pasada que, durante la primera salida, “el 99 por ciento” de las personas tuvieron un “comportamiento modélico”. Imagino que la estimación de Illa no pretende ser una cuantificación del nivel de cumplimiento de las reglas; es una manera de hablar que equivale a decir que, en la inmensa mayoría de casos, se respetaron las normas.
Diversos ayuntamientos expresaron en las redes una opinión algo menos optimista que la del ministro de Sanidad. Alicante y Huelva, por ejemplo, hablaron de “num
Desde que se declaró el estado de alarma por coronavirus, nuestra obsesión en España, como en otros países, ha sido “aplanar la curva”. Ahora que las cifras van en la buena dirección, la cuestión es cómo proceder con la desescalada. Cuándo dejar salir a la gente, y en qué condiciones. Reabrir comercios, bares y restaurantes. Etcétera.
Todos hemos oído muchas veces que la nueva normalidad será diferente, aunque, por supuesto, nadie sabe hasta qué punto van a cambiar las cosas. Pero algo que ha quedado claro en España estos días es que, en un mundo afectado por pandemias, el turismo es una industria frágil. Sí, durante lo peor de la pandemia, muchas empresas han tenido que cerrar temporalmente, pero algunas han vuelto ya al trabajo, y otras lo harán en las próximas semanas.
El turismo, en cambio, tendrá que esperar. El pasado 28 de abril, el Gobierno presentaba un plan tentativo de desescalada que mantiene, por el momento, las restricciones de movilidad entre regiones e islas, y por supuesto, desde el extranjero. Parece que, desgraciadamente, la industria turística, de la que dependen millones de personas en nuestro país, estará entre las últimas en reiniciar su actividad.
En España, en
Según parece, en la maleta del tenista español Rafa Nadal no suele faltar nunca una consola de videojuegos. Nadal ha comentado en alguna ocasión su “obsesión” con un conocido videojuego de fútbol, y sus intensas partidas con el británico Andy Murray, otro jugador de tenis famoso. Y algún periodista asegura haber visto a Nadal gritando y corriendo por los pasillos de un hotel tras marcar un gol en la consola.
Sospecho que el jugador balear es una de esas personas hipercompetitivas a quienes no les gusta perder ni al dominó. Así que, desde que el Abierto de Madrid anunció que, este año, el torneo se jugaría de manera virtual, imagino que Nadal habrá estado entrenándose a fondo… en su consola. El pasado 27 de abril, el tenista español, que jugaba desde su casa en Mallorca, derrotó en su debut en el torneo virtual al canadiense Denis Shapovalov, que se encontraba en Florida.
Las competiciones de e-sports, o deportes virtuales, son, por supuesto, un fenómeno internacional con millones de seguidores. Estoy seguro de que a miles de jugadores de e-sports, tanto aficionados como profesionales, les encantaría participar en el Abierto de Madrid virtual, pero el torneo permite jugar únicamente a
En la mayoría de países, la vuelta al trabajo tras el confinamiento será, como a estas alturas ya sabemos todos, un proceso escalonado. Con toda probabilidad, habrá que seguir practicando distanciamiento social. Y los lugares de trabajo seguramente tendrán que adaptarse a nuevas normativas que, en muchos casos, todavía ni existen.
Pero, si por arte de magia todos los centros laborales estuvieran ya listos para recibir a sus trabajadores, seguiría habiendo un problema: ¿cómo se desplazan los empleados a su puesto de trabajo? En muchas ciudades, cientos de miles de personas dependen del transporte público para ir al trabajo. Pero, ¿cómo hacer distanciamiento social en un metro o autobús abarrotado?
La ministra francesa de Medio Ambiente, Elisabeth Borne, dejó claro hace unos días, a través de un tuit, cómo cree que su país debería resolver la cuestión: “Queremos que la bicicleta sea la reina del desconfinamiento”. Como informaba la agencia Reuters el pasado 30 de abril, Francia ha anunciado una serie de medidas destinadas a potenciar la bicicleta como medio de transporte: un pago de 50 euros para todo aquel que necesite reparar su bicicleta, la creación de hasta 750 kilómetros de nuevo