Una noche de fiesta en el animado barrio de Itaewon, Seúl, podría convertirse en el origen del segundo brote de coronavirus en Corea del Sur; uno de los países que mejor habían controlado la pandemia. El sábado pasado, en solo un día, las autoridades registraron 34 nuevos casos. De ellos, 26 corresponden a esta zona de clubes y bares. ¿Estamos ante una segunda oleada en el continente donde se originó todo? Singapur ya había registrado un repunte a finales de abril y este mes los nuevos contagios diarios se mantienen en torno a los 700. La ciudad china de Wuhan, el epicentro de todo, detectó el domingo su primer caso desde hace más de un mes.
El repunte en Corea del Sur muestra claramente lo fácil que es desandar el camino si no se respeta el distanciamiento social. La semana pasada habían entrado en vigor medidas de alivio del confinamiento, así como la reapertura gradual de colegios y museos. Sin embargo, durante esa misma semana ya se venían registrando positivos en personas que habían frecuentado la zona de ocio nocturno de Itaewon. El primer nuevo caso se registró el miércoles pasado en un hombre de 29 años que el día 2 de mayo había visitado cinco clubes y bares.
Desde esa fecha
La toma de decisiones sobre una realidad que se desconoce siempre es difícil. Los bandazos sobre qué se debe hacer y qué no ante el coronavirus han sido inevitables. Por ejemplo, en el uso de las mascarillas: en algunos países se dijo que no era necesario; incluso que era contraproducente. Algo parecido pasó con la práctica individual de deporte en el exterior: prohibida en ciertas ciudades, permitida en otras. Los propios científicos han tenido dificultades para ponerse de acuerdo a la hora de hacer recomendaciones a los políticos. Los resultados de esas decisiones han sido muy distintos en términos de vidas humanas y contagios. Un caso paradigmático es el de las ciudades de Seattle y Nueva York.
En ellas, los brotes han sido más o menos simultáneos. En Seattle, sin embargo, empezaron a hacer tests muy pronto, incluso contra el criterio de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, en sus siglas inglesas). Gracias a eso, la ciudad supo tempranamente que la COVID-19 se estaba expandiendo entre la población. Además, los responsables políticos no dudaron en enviar un mensaje rotundo de que algo grave se avecinaba. Ese mensaje no consistió solamente en palabras, ta
Nadie tiene una casa en la Estatua de la Libertad, o en la Torre Eiffel. Nadie sabe lo que es vivir (despertarse, desayunar, ducharse, ver la tele…) en un monumento visitado a diario por miles de personas. Nadie, salvo Ana Viladomiu. Esta escritora de 63 años reside desde hace tres décadas en ‘La Pedrera’, uno de los edificios diseñados por el arquitecto catalán Antoni Gaudí que, con más de 3.000 visitantes al día, es uno de los principales polos de atracción de Barcelona. Ana vive en esta joya modernista y, gracias al confinamiento obligatorio a causa del coronavirus, ha recuperado la paz que nunca tuvo: “Todo lo que oigo son mis pasos y el silencio”, declaró hace unos días a The Guardian.
Pese al bullicio turístico, ahora detenido, Viladomiu se considera una privilegiada, aunque en ocasiones haya tenido que abrirse paso a codazos entre la muchedumbre para tomar el ascensor que conduce a la cuarta planta, donde está su casa. “La gente me gritaba porque pensaban que me estaba saltando la cola para sacar entradas”, contaba en 2019 a The New York Times.
Tampoco era raro que algún curioso llamase a su puerta insistentemente para intentar echar un ojo a su piso. Si a Viladomiu le parecía
Mi madre es maestra jubilada y, cuando todavía daba clases, impartía una ‘misteriosa’ asignatura que únicamente existía en el colegio en el que trabajaba. La materia se llamaba ‘No vivo solo’ y su objetivo pedagógico era que los alumnos tomasen conciencia de que no eran el centro del mundo. A veces me da por imaginar a ciertos hombres, ya maduros, en los pequeños pupitres del aula de mi madre durante una lección de ‘No vivo solo’. Sin entrenamiento, ninguno de ellos conseguiría superar esta asignatura, pero quizá tras esta pandemia alguno lograría sacar un aprobado.
Son esos hombres que se consideran con más derechos que el resto. Un ejemplo: en 2007 murieron en España más de tres mil personas en carretera. Ese año, el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, pronunció un discurso muy polémico. Dijo aquello de "a mí no me gusta que me digan ‘no puede ir usted a más de tanta velocidad’ y además ‘a usted le prohíbo beber vino". Pero no hace falta buscar en el pasado para encontrar a este tipo de personajes. Todavía abundan. Su edad es variada, también su saber, su condición y su sexo (aunque es un fenómeno minoritario en mujeres). En cualquier caso, todos tienen en común un
“Fulanito habla muy fino”, escuché una vez que decía Ángeles, una compañera de trabajo nacida en Sevilla. Tenía un precioso acento andaluz. Sin embargo, para ella “hablar fino” (o sea, ‘bien’) era hacerlo sin acento. Como si eso fuera posible. Todavía muchas personas creen que existen versiones ‘puras’, ‘neutras’ o ‘correctas’ a la hora de usar su lengua materna.
Esta creencia acompleja aún a gente que piensa que, por el hecho de hablar con el acento aprendido en casa, no se expresa correctamente. También es habitual encontrarse justo con el caso contrario: hablantes que están orgullosamente convencidos de no tener acento. Suele pasar con los nacidos en tierras castellanas. Como a la lengua española también se le llama ‘lengua castellana’, los nacidos en Castilla piensan ‘¿cómo no voy a hablar mejor que el resto… si nací en la tierra que da nombre a mi lengua?’
Hace tiempo que los lingüistas mostraron por qué esto no es así. No existen las lenguas ‘puras’ porque las lenguas sólo existen ‘en abstracto’. La lengua cobra vida cuando alguien la utiliza: entonces ese alguien ‘habla’ y lo hace siempre con uno u otro acento. En el caso del español, puede ser acento andaluz, castellano, extr