Despacio, muy despacio, parece que Europa comienza a ver la luz al final del túnel en la pandemia de coronavirus. En los últimos días, Italia y España, los países más duramente castigados por el virus, han visto reducir sus cifras diarias de víctimas y de nuevos contagios, como también ha ocurrido en Francia y Alemania.
Muchos de ustedes saben por experiencia propia lo que es tener que pasarse el día entero en casa, por el motivo que todos conocemos. Y quienes lo hacen en compañía de niños saben también lo difícil que les resulta a los pequeños cumplir con el confinamiento, entre otras cosas porque, dependiendo de su edad, les puede costar más comprender el por qué de la situación.
Como explicaba El Mundo en un artículo del pasado 29 de marzo, en el caso de familias con hijos que presentan Trastorno del Espectro Autista (TEA), las dificultades son aún mayores. Y, dependiendo del grado de discapacidad de los chicos, que puedan entender lo que ocurre es sencillamente imposible. Estas personas realmente necesitan salir de casa a diario, aunque sea durante unos minutos, en lo que se conoce como “salidas terapéuticas”; una circunstancia reconocida por el Gobierno en una modificación del real decreto del estado de alarma relativo al coronavirus.
Pero, tras más de dos semanas de confinamiento, en España algunos han comenzado a perder la compostura. Estos “policías de balcón”, como se les conoce, no se asoman a cantar, —ojalá— sino a increpar a todo aquel que camina por la calle. Esta inaceptable conducta e
Me contaba recientemente un amigo con dos hijos que, a la vez que sigue trabajando desde casa, estos días se ha visto convertido también en profesor, instructor de gimnasia, y animador infantil, además de padre. Lo sorprendente, me decía, es que todo parece salir adelante.
La familia Gervás, de Valladolid, también está saliendo adelante, pero no sin antes pasar una odisea que, sin duda, relatará durante mucho tiempo. Como contaba la revista 20minutos el pasado 3 de abril, la madre fue la primera en dar positivo de coronavirus. En ese momento, el padre ya mostraba síntomas de la enfermedad y, en poco tiempo, cada uno de sus 11 hijos fueron enfermando.
Los padres fueron quienes sufrieron los peores síntomas, pero, a día de hoy, ya están todos curados. El pasado viernes, para celebrar el cumpleaños de la hija mayor, un familiar dejó una tarta en el ascensor. Una “entrega” que probablemente no es la primera vez que ocurre porque, al parecer, los Gervás ya han celebrado tres cumpleaños en confinamiento. El siguiente es en mayo, y esperan poder celebrarlo en otras condiciones. Crucemos los dedos.
Entretanto, una madre española que, como mi amigo, compagina el teletrabajo con el cuidado de s
Durante años, me resistí a usar aplicaciones de mensajería instantánea como WhatsApp. No me gustaba —y sigue sin gustarme— esa especie de obligación de responder casi inmediatamente a los mensajes. Pero, al final, tuve que darme por vencido e instalar la app. Y, como suele ocurrir en estos casos, ahora que me he acostumbrado a usarla no sé qué haría sin ella, especialmente en estos tiempos de coronavirus.
Durante la pandemia, como era previsible, el uso de todas las redes sociales ha aumentado de manera importante. Pero, en España, datos de la empresa de estudios de mercado Kantar, publicados el pasado 28 de marzo por diversos medios, indican que WhatsApp va muy por delante del resto de las plataformas. En general, Kantar estima que el tiempo dedicado por los españoles a las redes sociales durante el confinamiento ha crecido aproximadamente un 40 por ciento; el dedicado a WhatsApp ha aumentado nada menos que un 76 por ciento.
Es posible que, como yo, para no levantarse del sofá en alguna ocasión hayan enviado un WhatsApp a alguien que está en la habitación de al lado. En general, no obstante, lo usamos para hablar con gente que está fuera de nuestro entorno inmediato. Pero claro, con
El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, lleva 10 años desmantelando la democracia en su país. Y, como otros líderes con tendencias autoritarias, con la pandemia de coronavirus ha visto una oportunidad de oro para seguir consolidando su poder. En este caso, sus principales víctimas han sido el Parlamento húngaro y la libertad de expresión.
El pasado lunes, 30 de marzo, el Parlamento de Hungría —dominado por el partido euroescéptico y nacionalista Fidesz— aprobaba una ley que permite a Orbán gobernar por decreto… sin límite temporal. La excusa es, por supuesto, el coronavirus, pero la cuestión es que el Parlamento ha echado el cierre, y no se sabe cuándo volverá; la misma mayoría de dos tercios que ha permitido al primer ministro sacar adelante la ley es la que debería devolver sus poderes al Parlamento una vez pasado el brote. A muchos les preocupa que no ocurra nunca.
La nueva ley asesta también un golpe importante a la libertad de prensa y a la libertad de expresión, castigando con hasta cinco años de prisión a quienes publiquen “información falsa” o que “obstruya o evite la protección eficaz de la población”. No dudo que Orbán y sus colegas del Fidesz habrán redactado la medida e