China es un país lejano. No en vano decimos que se sitúa en ‘el lejano Oriente’. Todo lo que allí ocurre – al menos para el inconsciente colectivo occidental – tarda meses, e incluso años, en llegar al otro extremo del mundo. Lejana parecía en enero la llegada de una pandemia a Europa. Y lejana parecía, en febrero, la llegada de una pandemia a Estados Unidos. Fue, evidentemente, una falsa percepción. Estados Unidos vive ya su gran semana de concienciación sobre los efectos devastadores de esta enfermedad. Con decenas de miles de casos confirmados y miles de muertes, la tercera nación más poblada del mundo ha tomado por fin conciencia de la magnitud de la tragedia a la que se enfrenta.
La pandemia de coronavirus está causando estragos en el sur de Europa. España e Italia ven cómo sus sistemas sanitarios colapsan mientras los habitantes permanecen en sus casas, en su mayoría con permiso para salir solamente a hacer la compra e ir a la farmacia. Las listas de desempleados aumentan y la amenaza de una recesión es cada día más patente. La sensación es que estamos viviendo un periodo tan convulso como el de las guerras mundiales de la primera mitad del siglo XX.
Los políticos estos días se llenan la boca de lenguaje bélico y hablan de una ‘economía de guerra’. Es decir, de poner a la industria al servicio de la lucha contra ese enemigo con forma de virus. En muchos países, este panorama sería suficiente para lograr la unanimidad y lealtad entre los partidos políticos. En España, no.
Dice el refrán que ‘a perro flaco, todo son pulgas’, o sea: que las desgracias afectan más a quien ya es de por sí pobre y desgraciado. No hay solamente una razón para explicar por qué la pandemia se está cebando especialmente con España. La semana pasada, Giles Tremlett, el corresponsal en Madrid del diario británico The Guardian, recordaba que la tasa de muertes ‘per cápita’ en nuestro paí
Siete siglos confinados y sin hablar: los monjes cartujos de Valencia tienen experiencia en la soledad
Entre bosques de pinos y algarrobos, en el corazón de un parque natural de la provincia española de Valencia, se erige desde el año 1274 la cartuja de Porta Coeli. En este monasterio se ejercita desde hace siete siglos el arte del confinamiento, la soledad y el silencio. Por eso Porta Coeli es una auténtica fortaleza frente a la pandemia del coronavirus. Pese al estado de alarma oficial, la vida de los monjes es la misma: “siguen en su celda, ellos están confinados siempre", explicó la semana pasada el recepcionista del monasterio al periódico Eldiario.es.
La palabra ‘cartuja’ deriva de la región francesa donde se construyó el primero de los monasterios de esta comunidad religiosa: el macizo de la Chartreuse, en las estribaciones de los Alpes, cerca de la ciudad de Grenoble. En aquel paraje al pie de las montañas fue fundada en 1084 la orden de los cartujos. Lo hizo San Bruno, un sacerdote alemán que buscaba una vida de ermitaño. En el mundo existen una veintena de monasterios cartujos, cuatro de ellos en España. En todos ellos se guarda el llamado ‘voto de silencio’.
El estatuto por el que se rige la vida intramuros es tajante: “Dios ha conducido a su siervo a la soledad para hablar
La noche del 24 de agosto de 1944 los aliados liberaron París del yugo nazi. Los primeros combatientes que entraron a pie en la capital de Francia pertenecían a ‘La Nueve’, una compañía formada por 160 hombres. De ellos, 146 eran republicanos españoles que habían luchado contra Franco en la Guerra Civil. Su historia es bien conocida para los estudiosos de este turbulento periodo. Pero menos conocidos son otros combatientes españoles: aquellos que se enrolaron en las filas de la célebre Resistencia francesa.
La investigadora Evelyn Mesquida acaba de publicar un libro en el que rescata del olvido la historia de miles de jóvenes republicanos que combatieron en Francia. 1,5 millones de españoles llegaron al país vecino en 1939 huyendo del general Franco, aliado de Hitler y de Mussolini. Se calcula que unos 300.000 de estos refugiados, muchos de ellos anarquistas, habían combatido en la Guerra Civil española. A su llegada a Francia se alojaron en chozas, barracones, bosques y cuevas. Tuvieron que ganarse la vida con duros trabajos manuales.
Cuando la Resistencia francesa empezó a organizarse, estos españoles ya habían comenzado a formar grupos para combatir el nazismo. Mesquida cuenta que
Son auténticos supervivientes que, por fin, regresan a casa. 13 ejemplares de koala, el icónico y adorable marsupial australiano, han sido liberados en los bosques de eucalipto del país. Tras los pavorosos incendios que asolaron millones de hectáreas en Australia los pasados meses de diciembre y enero, estos koalas han podido volver a su hábitat natural.
Se calcula que unos 10.000 ejemplares de esta especie perdieron la vida durante esa catástrofe. Muchos de los que consiguieron sobrevivir junto a otras especies, como canguros y wombats, tuvieron que ser tratados de quemaduras y de deshidratación en hospitales para fauna salvaje, que esos días se vieron completamente desbordados.
Los incendios tuvieron su apogeo a finales de 2019, pero venían afectando diversas áreas del país al menos desde el pasado mes de junio. En el Estado de Nueva Gales del Sur no se han dado por extinguidos hasta el pasado 3 de marzo, después de 240 días de lucha sin tregua contra las llamas.
En total, la cifra de tierra quemada que deja esta concatenación ininterrumpida de fuegos podría superar los 18 millones de hectáreas, aproximadamente el tamaño de un país como Camboya. Los incendios arrasaron áreas que son