Según fuentes ucranianas, el pasado domingo por la noche más de 350 drones y misiles rusos golpearon distintas ciudades del país, incluyendo la capital, Kiev. La noche anterior habían sido aproximadamente 300 drones y 70 misiles. Y, de viernes a domingo, el total se aproximó a los 900 drones. Además de considerables daños materiales, Reuters ha informado que estos ataques provocaron la muerte de al menos 12 personas, entre ellas 3 niños.
Las noticias sobre la guerra de Ucrania ya hace tiempo que están dominadas no por lo que ocurre en el frente de batalla, sino por los bombardeos contra objetivos civiles. En las imágenes que difunden los medios no vemos tanques y carros de combate destruidos, sino vehículos civiles calcinados, casas semiderruidas y humeantes, edificios de apartamentos con la fachada ennegrecida, equipos de bomberos apagando incendios en zonas residenciales.
Con estos ataques, el presidente ruso, Vladímir Putin, imagino que persigue lo mismo que con ataques anteriores sobre objetivos civiles: provocar el miedo y la desmoralización entre la población ucraniana. Tampoco es la primera vez que vemos intensificarse las hostilidades en medio de conversaciones de alto el fu
Cuatro niños entran en una plaza de toros. Podría ser el principio de un chiste, pero, en España, la presencia de menores en los espectáculos taurinos no es cosa de risa; forma parte de la lucha encarnizada que enfrenta a los partidarios y a los detractores de la tauromaquia.
Menciono a los cuatro niños por una foto publicada recientemente en la prensa española. En ella se veía a cuatro chicos de 11 o 12 años en una corrida de toros. La imagen me pareció especialmente memorable por un detalle: uno de los chicos bebía de un brik decorado con dibujos infantiles —quizá fueran personajes de Disney—.
Es, imagino, el mundo ideal para los taurinos: acostumbrar a los niños a ver derramar la sangre del toro mientras todavía beben leche o zumos infantiles. Intentar explicarles, cuando crezcan, que maltratar a un toro hasta la muerte por diversión es extremadamente cruel y deplorable será difícil, por no decir imposible.
Admitámoslo, los aficionados a los toros no son los únicos a quienes fascina la violencia. La violencia abunda, por ejemplo, en el cine y la televisión. Y, sin embargo, cuando queremos ver ciertos contenidos, ¿acaso no enviamos a dormir a los pequeños de la casa? ¿Por qué insist
El sector de la construcción no es quizá un entorno donde, en principio, uno esperaría que se hable de salud mental. Y, sin embargo, Construmat, una popular feria de la construcción celebrada en Barcelona hasta el pasado 22 de mayo, ha sido noticia precisamente por ello.
El Barómetro de la Vivienda 2025, presentado hace unos días en Construmat, ha examinado el impacto que tiene el hogar en la salud mental de las personas y, especialmente, de los jóvenes. Entre los menores de 30 años que participaron en el estudio, un 24 % reportó haber sentido estrés o ansiedad buscando vivienda. Y un 19 % dijo haber sufrido episodios depresivos vinculados directamente a su situación habitacional.
Más preocupantes incluso son las estadísticas que vinculan la soledad con la vivienda. Un 50% de las personas que experimentaban soledad aseguraba que su lugar de residencia contribuía a esa sensación. En el caso de los menores de 30 años, este porcentaje subía hasta el 63 %. Entre las características de la vivienda que causaban esta percepción estaban la ubicación, el estado de conservación, la falta de privacidad, la escasez de luz natural y el tamaño.
La vivienda, concluye el Barómetro, ha dejado de ser u
Las aerolíneas me recuerdan cada vez más a las compañías de seguros: al comprar un billete de avión, como ocurre con las pólizas, cada día es más difícil saber exactamente qué está comprando uno.
A muchos nos ha ocurrido. Compramos un vuelo online pensando que es barato. Pero después descubrimos, con horror, que el equipaje no estaba incluido. Y tampoco lo estaba la elección de asiento, imprescindible para sentarnos junto a nuestros compañeros de viaje. Una vez añadido el coste de estos extras, el billete ya empieza a parecer mucho menos económico.
La cuestión es que a algunas aerolíneas les gustaría cobrarnos como extra hasta el aire que respiramos en cabina. “¡Vuela gratis si puedes aguantar la respiración… durante las horas de vuelo!”.
El año pasado, el Gobierno español decidió que Ryanair, y otras cuatro compañías aéreas de bajo coste —Vueling, EasyJet, Norwegian y Volotea—, habían sobrepasado el límite de lo razonable con los extras. En noviembre, el Gobierno confirmó una multa de 179 millones de euros a estas aerolíneas por cobrar las maletas de equipaje de mano.
Quizá entonces los viajeros nos precipitamos un poco cantando victoria. Las aerolíneas recurrieron la multa y todavía
El mundo al revés. Un paparazzi le hace fotos a un famoso, sin su permiso, para vendérselas a una publicación sensacionalista, y está en su perfecto derecho. Y, sin embargo —como estamos descubriendo ahora—, cuando es el famoso quien utiliza una de esas instantáneas sin el permiso de su autor, el paparazzi puede demandarlo y exigirle el pago de cantidades absurdas de dinero.
La última en caer víctima del copyright trolling, como se conoce este fenómeno, ha sido Jennifer Lopez. La actriz y cantante, como explicaba la BBC el pasado 20 de mayo, asistió a principios de año a una fiesta de Vanity Fair en Los Ángeles. Era la noche antes de los Globos de Oro. Lopez, radiante como siempre, llevaba un vestido blanco con un abrigo de piel sintética sobre los hombros y posó para una foto a su llegada al Chateau Marmont, el hotel donde se celebraba el evento. La imagen debió de gustarle y, en algún momento posterior a la fiesta, la compartió en las redes sociales.
Ahora se ha sabido que el fotógrafo que tomó la instantánea, y su agencia, han demandado a Lopez, y le piden 150.000 dólares por infracción de copyright. La intérprete se une así a otros famosos que han sido víctimas de este tipo de ch