Es difícil no pensar en el relato bíblico de David contra Goliat al repasar la sorprendente Operación Telaraña que Ucrania lanzó contra Rusia el pasado 1 de junio. Usando el ingenio y la pericia, el rival más débil en esta guerra logró asestar un golpe letal al gigante Goliat, encarnado en Rusia, la segunda potencia militar del mundo.
Casi podría tildarse la Operación Telaraña de ‘milagrosa’, porque ha sido milagroso que, durante los 18 meses en los que se gestó el golpe, los servicios secretos del Kremlin no fueran capaces de descubrir un plan cuyo objetivo eran cuatro bases aéreas rusas, una de ellas en la ciudad siberiana de Irkutsk, a miles de kilómetros de la frontera ucraniana.
El método parece sacado de una película. Durante meses, varios camiones penetraron en territorio ruso transportando, ocultos en cargamentos de madera, más de un centenar de drones. Según el relato del Gobierno ucraniano, ni siquiera los conductores conocían la carga. Tampoco sabían que los remolques estaban trucados y que, llegado el momento, su techo se abriría para liberar enjambres de drones.
Guiados por inteligencia artificial, 117 drones de bajo coste (su precio rondaba los 500 dólares) lograron
Durante meses, semana tras semana, España parecía estar al borde del colapso institucional. Desde octubre de 2023 hasta junio de 2024, fueron constantes las manifestaciones de la derecha y la extrema derecha contra el Gobierno de Pedro Sánchez. “¡España no se vende! ¡Sánchez a prisión!”, gritaban los congregados ante la sede del Partido Socialista. Esas marchas acababan a menudo en choques violentos con la Policía.
¿El motivo de las revueltas? La negociación de una ley de amnistía que perdonaba los delitos cometidos por los nacionalistas catalanes durante el proceso independentista que culminó con el referéndum ilegal de autodeterminación del 1 de octubre de 2017. “Esta ley divide a España en dos. No es reconciliación, es sumisión. La única forma que tiene Sánchez de seguir como presidente del Gobierno", llegó a decir el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, en marzo de 2024, durante un debate en el Congreso de los Diputados.
El Gobierno, entre tanto, justificaba la controvertida norma apelando precisamente a la reconciliación, a la necesidad de pasar página. Pero la oposición veía en la amnistía una cesión intolerable de Sánchez a los independentistas a cambio de su apoyo en
Entrar en Gibraltar es una experiencia surrealista. En un paseo de apenas kilómetro y medio, uno se traslada desde el pueblo andaluz de La Línea hasta la típica calle peatonal británica, llena de pubs y comercios locales. En este diminuto enclave del Reino Unido, una península de siete kilómetros cuadrados en la costa mediterránea, viven unos 38000 gibraltareños. Se concentran en una ciudad colonial dominada por un peñón de 426 metros de altura. Gibraltar es británico desde 1713, pero España siempre ha querido recuperar esta plaza estratégica. Ahora, el Peñón, como se lo conoce coloquialmente, entra en una nueva fase de su historia.
La relación entre ambos lados es muy estrecha. Es asombroso cómo los ‘bobbies’, los icónicos policías británicos, son perfectamente bilingües: hablan inglés… y un español con un fuerte acento andaluz. Existen estrechos lazos familiares y culturales, pero tras el Brexit, la vida a uno y otro lado de la frontera, que los lugareños llaman ‘la verja’, se hizo mucho más difícil. Volvieron los controles fronterizos para los 15.000 trabajadores que a diario cruzan de España a Reino Unido. Ahora, esos controles desaparecerán y la verja será desmantelada.
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Siempre me espeluznó esa práctica de algunas culturas del pasado de dejar morir a las niñas por diferentes vías: dándoles menos comida, haciéndolas trabajar más, no curando sus enfermedades. Durante siglos, tener niñas fue visto por los progenitores como un problema, una carga.
Es crudo decirlo así, pero la comida escaseaba, y las niñas tenían la ‘mala costumbre’ de comer. La única manera de librarse de ellas, si no se morían, era casarlas. Los varones, sin embargo, eran vistos como un activo económico: podían realizar trabajos más duros durante más tiempo. También comían, pero eran rentables. Y podían, sobre todo, perpetuar el linaje paterno.
"De todos los seres que tienen vida y razón, nosotras, las mujeres, somos las más desdichadas”, decía la princesa Medea en la tragedia homónima que escribió Eurípides en el siglo V antes de Cristo. Desde la Antigüedad clásica hasta las obras de Federico García-Lorca, en el siglo pasado, son innumerables los relatos que muestran cómo la discriminación hacia las mujeres empezaba en la cuna.
En tiempos más recientes, algunos países refinaron la manera de evitar tener niñas: se instauró la preselección del sexo del embrión antes del nacimiento y
Para quien sepa disfrutar del color y las formas como hacen los niños, con pasión pura, las obras de Joan Miró son un auténtico placer para los sentidos. El artista español, uno de los genios de la pintura y la escultura del siglo XX, fue precisamente tachado por sus detractores de “infantil”, como si eso fuera un insulto.
Entre quienes criticaban la ingenuidad expresiva de este catalán, nacido en 1893 y que falleció en 1983, se contaban los adeptos al régimen franquista, del que el artista consiguió distanciarse. Miró, que durante la dictadura se instaló en Mallorca, se negó a participar en exposiciones oficiales. Eso le granjeó la hostilidad del régimen, pero su reputación internacional era de tal calibre, que el franquismo le dejó seguir creando.
Esa indiferencia mutua, que duró décadas, quedó rota con un hecho trascendental, que solo fue posible cuando el régimen de Franco daba sus últimas boqueadas: la inauguración, en 1975, de la Fundación Joan Miró en Barcelona, una idea que rondaba la mente del artista desde 1968 y que se materializó en un soberbio edificio diseñado por Josep Lluís Sert.
La elección de ese arquitecto encerraba un enorme simbolismo. Como Miró, Sert se había exi