En estos días en muchos medios se dice que la ofensiva de Trump contra universidades de élite se debe al actual conflicto en Palestina. El Gobierno de Estados Unidos, según esta narración, estaría intentando frenar el antisemitismo, que crecería en los campus de la mano de las protestas contra la invasión israelí de la Franja de Gaza. Sin embargo, mucho antes de los atentados perpetrados por Hamás en octubre de 2023, Trump –quien todavía no había iniciado su segundo mandato– ya tenía en el punto de mira a las universidades.
En julio de 2023, en una exposición de su programa electoral, Trump se había comprometido a expulsar de las universidades “a todos los burócratas marxistas de la diversidad, la equidad y la inclusión”. También se había quejado de que las universidades recibieran millones en dinero público. “Vamos a sacar esta locura antiamericana de nuestras instituciones”, había dicho.
En marzo pasado, después de meses de masivas protestas propalestinas en decenas de campus, el Departamento de Educación envió cartas a 60 universidades amenazando con castigos si no se protegía a los estudiantes judíos. Entre las instituciones educativas que han visto congelados fondos públicos est
No todo el mundo sabe que en España no solo se habla español (o castellano), sino también otras lenguas. El catalán, el gallego y el euskera son oficiales en los territorios donde se utilizan, y existen variantes más minoritarias –el asturiano, el leonés y el aragonés, entre otras– que gozan de alguna protección administrativa. Esta pluralidad lingüística es sin duda una riqueza, pero a menudo ha sido instrumentalizada para enfrentar a unos ciudadanos contra otros.
El odio hacia lo diverso crea extrañas alianzas. Así, cuando se trata de las lenguas de España, es posible encontrar una paradójica sintonía entre nacionalistas supuestamente enfrentados. Un nacionalista español, de los que consideran que la única lengua que debería existir en España es el castellano, diría que las otras lenguas no son españolas. Y recibiría sin duda el aplauso de sus enemigos acérrimos, los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos. Todos ellos están de acuerdo: defienden que sus lenguas no son 'españolas', sino las lenguas de sus naciones irredentas, que luchan por la independencia.
Frente al batiburrillo de nacionalistas de uno y otro lado, encontramos por fortuna ciudadanos que consideran enriquecedor
Mi fascinación por el lince ibérico empezó a los 13 años, durante una excursión escolar de varios días al Parque Nacional de Doñana. En los años noventa, el lince era la especie más amenazada de España. De este felino pequeño, pero bastante más grande que un gato grande, llegaron a quedar menos de 100 individuos aislados en dos grupos: unos en Doñana; otros, a casi 400 kilómetros de distancia, en Sierra Morena. Para colmo, de todos ellos, solo 25 ejemplares eran hembras en edad reproductiva.
Aquellos días en Doñana nos cambiaron la vida. Fuimos conscientes de la fragilidad de la naturaleza. El lince ibérico, con sus lunares negros y sus pincelillos en el extremo de las orejas, era el símbolo de Doñana, una reserva única en Europa. En sus más de 54.000 hectáreas coexisten marismas, playas, un desierto de dunas, pinares, bosques de ribera… Allí se refugió el lince huyendo de la caza, los pesticidas agrícolas, el crecimiento urbano y la ignorancia. Sí, muchas veces el ser humano ha eliminado animales por pura ignorancia. Por miedo. Por pensar, sin fundamento, que son dañinos o peligrosos.
Mis compañeros y yo llevábamos un par de días en Doñana, y ver a un lince antes de que se extingui
Cuando entras al Palacio de Liria, la mansión en pleno centro de Madrid de una de las familias nobles más importantes de España –la Casa de Alba–, notas que un olor a cerrado y a muebles antiguos lo invade todo. Es un olor parecido al que sentirías al entrar en casa de tu bisabuela, si tu bisabuela fuera una noble y grande de España. Las salas, que desde el siglo XIX acogen la mayor colección privada de arte del país, con obras de Velázquez, Zurbarán y El Greco, no tienen nada que envidiar a los principales palacios reales europeos. Pero en el Palacio de Liria hay algo diferente.
Hasta hace relativamente poco –hasta 2014, cuando falleció la última duquesa–, aquí hubo vida: los nietos corriendo por los salones, los mayordomos sirviendo las mesas y las visitas paseando por unos jardines que son un auténtico oasis secreto. Esa vida de antaño quedó capturada, como un aroma, en los tapices de las paredes y en las alfombras de los corredores. Desde 2019 el palacio ya no es la residencia oficial de la familia (el nuevo duque prefiere algo más práctico) y es visitable a diario, aunque normalmente solo lo frecuentan algunos curiosos.
En una decisión arriesgada, pero brillante, a sus 37 años,
Siempre me ha fascinado que la palabra ‘teatro’ derive de un vocablo griego que significaba “lugar para ver”. El teatro clásico funcionaba como un espejo que reflejaba fragmentos de la sociedad y servía de ocasión para reflexionar. Así ocurre, hasta nuestros días, con el teatro más comprometido, el que escribían Bertolt Brecht, García Lorca o Dario Fo. Con esa misma vocación social, ahora es una estrella de Hollywood, George Clooney, quien ha decidido subirse a las tablas de un teatro, en Broadway. Y lo ha hecho batiendo récords de taquilla.
En un movimiento que puede ser visto como muy oportuno (o muy oportunista), el actor ha debutado en los escenarios con una adaptación de la película Buenas noches, y buena suerte, que él mismo dirigió y coescribió. En aquella versión, Clooney interpretó a un personaje secundario. Ahora, da vida al protagonista, el legendario periodista Edward R. Murrow, presentador del programa de la CBS See It Now.
Murrow pasó a la historia por su enfrentamiento en 1954 contra el senador Joseph McCarthy, artífice de la llamada ‘caza de brujas’ que buscaba erradicar a los comunistas, ya fueran reales o imaginarios. Lo que hizo Murrow fue televisar discursos de Mc