Desde que tengo memoria, Irán siempre ha sido percibido como una amenaza para los países occidentales, ya sea como promotor de grupos terroristas o como una posible potencia nuclear. Desde hace décadas ha habido una especie de juego del gato y el ratón entre Irán y los inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica. Esta agencia, que depende de Naciones Unidas, trata de averiguar si el régimen iraní, una dictadura islamista, intenta fabricar bombas nucleares.
Teherán siempre responde que su programa nuclear tiene fines pacíficos, pero las potencias occidentales no terminan de creerlo. Según un informe de Naciones Unidas, publicado el 31 de mayo, Irán disponía de uranio enriquecido hasta el 60% de pureza, suficiente para nueve armas nucleares, si se enriquece más.
Además de Estados Unidos y Rusia, otros siete países ya cuentan con armamento nuclear; entre ellos, Pakistán e India. ¿Por qué estos países representan una amenaza menor que la de Irán? ¿Por qué es generalizada la idea de que sería un grave error permitir que Irán desarrolle armas nucleares? Las razones son muchas, y raramente se explican con detalle.
Un motivo fundamental es la ubicación de Irán, y sus tensas rel
El eslogan que eligió en 1979 el Partido Socialista Obrero Español para celebrar su primer siglo de existencia hoy suena… cómico. El lema fue “100 años de honradez”. Desde entonces, el PSOE se ha visto implicado en un centenar de tramas delictivas, pero ninguna tan grave en los últimos años como el reciente ‘caso Cerdán’. Un informe de la Guardia Civil difundido en junio señala a Santos Cerdán como cerebro de una red de cobro de comisiones a empresas a cambio de amañar adjudicaciones de obras públicas.
La noticia cayó como una bomba. Solo 24 horas antes, la cúpula del partido había puesto la mano en el fuego por Cerdán. Quienes hasta ese día habían confiado en él, no podían creerlo. Cerdán era hasta entonces secretario de Organización del PSOE –su número 3– y el artífice de las complejas negociaciones con formaciones minoritarias que han permitido al Gobierno del socialista Pedro Sánchez sacar adelante su agenda legislativa.
María Chivite, la líder socialista en Navarra, región de la que proviene Cerdán, rompió a llorar en una rueda de prensa. “No reconozco a mi compañero”, dijo. El informe policial contiene transcripciones de grabaciones en las que Cerdán se reparte mordidas con o
De buenas a primeras, casi nadie calificaría de “transgresor” a Felipe VI, el rey de España. Sin embargo, yo creo que sí lo es, y que a lo largo de su vida ha dado varias muestras de que, cuando le conviene, sabe romper las reglas. Por ejemplo, al casarse en 2004 con Letizia Ortiz, una periodista sin sangre noble en sus venas. Un acto muy transgresor, en mi opinión, porque alguien que respete al 100% las reglas de la monarquía, nunca se casaría con una plebeya. Mantener la nobleza de sangre es, supuestamente, una de las pocas obligaciones de los reyes.
Sin embargo, los monárquicos no vieron nada raro en la boda. A la mayoría le pareció bien que el rey decidiera beneficiarse de lo mejor de dos mundos: del carácter hereditario de sus privilegios y de la libertad de casarse con quien quisiera, un derecho del que goza cualquier ciudadano de a pie, pero al que supuestamente debería renunciar un monarca. Felipe VI decidió que no quería renunciar a nada, y su decisión fue percibida como un gesto no de transgresión, sino de modernidad. Otro gesto que parecía muy moderno fue su negativa, durante 11 años, a crear nuevos títulos nobiliarios.
Sin embargo, el pasado 19 de junio, coincidiendo con
Admito que me saca de quicio que, para justificar conductas controvertidas, alguien responda: "se ha hecho así toda la vida". ¿Desde cuándo que algo se haya hecho siempre de una misma manera significa que necesariamente está bien hecho? Valga este desahogo para comentar el debate que se ha instalado estos días en Pamplona, en vísperas de las famosas y multitudinarias fiestas de San Fermín.
Estas celebraciones, popularmente conocidas como ‘los Sanfermines’, son famosas en el mundo entero. El responsable, en buena medida, fue Hemingway. En su novela de 1926, Fiesta, describe con detalle los encierros, esas tumultuosas carreras de mozos ante una manada de toros. La novela tuvo tanto éxito que fue llevada al cine en 1957 por Henry King, con la actuación estelar de Ava Gardner y Tyrone Power.
El origen de la fiesta es oscuro, remontándose a la Edad Media. Durante siglos, nunca se puso en cuestión la presencia de los toros y el sentido de jugarse la vida corriendo delante de animales de más de media tonelada y afilados cuernos. Hoy, por fin, esta tradición empieza a despertar dudas, tanto por el maltrato animal como por el evidente riesgo para las personas. De hecho, desde que hay reg
Ya nunca volvimos a contemplar el mar con los mismos ojos. Las animadas visitas familiares a la playa –sombrilla, barca hinchable y las gafas de bucear– sumaron un ingrediente inesperado: el terror absoluto. Una película tuvo la culpa de que millones de personas cambiaran su percepción sobre los idílicos días de playa.
El impacto psicológico de Tiburón, de cuyo estreno se acaba de cumplir el medio siglo, se basaba en una dualidad inquietante. Sobre el agua, la felicidad: verano, sol, vacaciones y diversión. Bajo el agua, emergiendo desde la oscuridad de las profundidades, el terror: una muerte violenta e imprevisible en las fauces de un gigantesco tiburón. Le podía pasar a cualquiera. La línea del agua funcionaba como una frágil frontera entre el paraíso y el infierno.
Lo más fascinante de Tiburón es la cantidad de niveles de lectura que despliega en sus 124 minutos. Es una película concebida como un taquillazo, con un planteamiento en apariencia sencillo, para públicos masivos. Digo “en apariencia” porque, en realidad, incluso en su lectura más comercial, fue un film pionero. Según un fascinante reportaje interactivo que publicó el New York Times el mes pasado, Tiburón se convirtió