La palabra inglesa woke ha entrado con fuerza en España: se usa en las tertulias políticas, en las redes sociales y en las charlas de bar. El éxito de este vocablo, empleado hoy para descalificar a quienes defienden los derechos humanos –especialmente la igualdad de género–, es un claro síntoma de que el consenso en torno a estas normas universales ha saltado definitivamente por los aires.
Cada vez más personas de ideología conservadora consideran que los derechos humanos están escorados hacia la izquierda y cada vez más países no se sienten concernidos por los 30 artículos de la Declaración Universal aprobada por las Naciones Unidas en 1948, cuando el mundo salía de la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial.
Ya no son sólo las dictaduras y los regímenes con democracias débiles los que ignoran los derechos humanos o que arremeten abiertamente contra las Naciones Unidas, a las que señalan como principal responsable de lo que denominan “globalismo”: un concepto que se refiere a un supuesto sistema de gobernanza mundial que socava la soberanía nacional e impone normas externas a la voluntad de los ciudadanos de cada país. Entre esas normas externas que cada vez se perciben con mayor
“No puede ser”. Esto fue lo primero que pensé cuando el 16 de julio saltó a la prensa el escándalo de corrupción que afecta a Cristóbal Montoro. Como yo, millones de españoles han superado su capacidad de asombro. Montoro fue ministro de Hacienda de 2000 a 2004 y de 2011 a 2018, con dos presidentes, José María Aznar y Mariano Rajoy, ambos del conservador Partido Popular, hoy en la oposición.
La noticia ha encabezado todos los periódicos y los informativos. Cada día se descubren nuevos detalles de lo que ya se conoce como el ‘caso Montoro’. En 2006, Montoro fundó la empresa consultora Equipo Económico, de la que supuestamente se había desligado en 2008. Sin embargo, según una investigación del juez Rubén Rus, desde 2011 la consultora se coordinó con Montoro, quien ya era ministro, para ofrecer un servicio muy especial a grandes empresas: redactar leyes a medida para favorecerlas fiscalmente.
Las empresas pagaban a Equipo Económico… y Montoro alteraba las leyes. Todo a cambio de “importantes desembolsos”, según consta en el sumario de la investigación. Para colmo, mientras ayudaba a esas empresas a evadir impuestos, Montoro aplicó enormes recortes sociales: eran los años de la llamada
Es desconcertante comprobar cómo un paraíso puede acabar transformándose en un infierno: es el caso de Ibiza. En los años 60 del siglo XX, esta pequeña isla mediterránea se convirtió en uno de los destinos favoritos de todo aquel que quisiera una vida sencilla, en armonía con la naturaleza. Pese a la dictadura, Ibiza era un oasis en el que hippies y activistas contraculturales llegados de todo el mundo practicaban el amor libre, fabricaban artesanía y, hay que decirlo, coqueteaban con las drogas, sobre todo cannabis y LSD.
Trufada de olivos, calas cristalinas, caseríos blancos, gente sencilla y precios muy competitivos, la isla se convirtió en un imán para el turismo. Hoy, todo eso no es más que un recuerdo lejano: Ibiza es una pesadilla para quienes viven allí todo el año, y un destino turístico solo ideal para jóvenes en busca de fiesta (y no demasiado exigentes ni con el alojamiento ni con la comida).
Ibiza es, cada vez más, un lugar invivible: los precios de la vivienda son tan desorbitados que no es raro encontrar a trabajadores de la hostelería y la limpieza durmiendo en tiendas de campaña. Incluso los funcionarios llegados de la península (médicos, profesores, policías) no pue
Los británicos se preparan para extender a los jóvenes de 16 y 17 años el derecho al voto: si la reforma –impulsada por el partido laborista, actualmente en el gobierno– fuera aprobada por el Parlamento, 1,6 millones de adolescentes –un 3% de la población– podrían pronto contribuir a decidir sobre el futuro del país. No es la primera vez que Reino Unido se convierte en estandarte de la modernidad legislativa. En 1969 fue la primera gran democracia en rebajar la edad de voto de los 21 a los 18 años. Y hay que recordar que en aquel momento a muchos analistas les pareció irresponsable dar semejante poder a los jóvenes.
Si la meta es reactivar un sistema político que adormece a los jóvenes y les genera apatía, la verdad es que quizá sea una buena idea involucrar a un mayor número de adolescentes en la toma de decisiones. Pero tampoco se puede obviar que el criterio de estos nuevos votantes, contaminado por un consumo desmesurado de bulos en redes sociales, los convierte en el objetivo perfecto para ideologías radicales, singularmente de extrema derecha. Sin embargo, la oposición conservadora rechaza esta reforma por lo contrario: dice que, históricamente, los jóvenes son más proclives a
Siempre me ha intrigado el llamado ‘efecto mirón’, porque muestra bien cómo es la naturaleza humana. Los agentes de tráfico conocen bien este fenómeno: cuando hay un accidente, no solo se colapsa el carril por el que circulaban los vehículos siniestrados, también lo hacen los carriles contrarios: todo el mundo quiere ver qué ha pasado. La desgracia ajena nos atrae, especialmente cuando nos sentimos a salvo.
Los seres humanos somos morbosos, y esa es quizá la clave del éxito de los true crime, esas series basadas en crímenes reales. Como espectadores, preferimos no plantearnos cómo se sentirán las familias que sufren traumas como asesinatos o violaciones, heridas que no cicatrizan nunca.
Lo que para nosotros es otra noche de ocio en el sofá viendo en la tele un contenido de entretenimiento más, para esas familias es ver cómo se reabren públicamente esas heridas. Sus sentimientos parecen importarnos poco. Los true crime son un éxito en España, especialmente en plataformas como Netflix. El caso Asunta, La viuda negra o El cuerpo en llamas han pulverizado cifras de audiencia, pero también han generado un intenso debate.
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