En Estados Unidos hay más de cincuenta partidos políticos, pero para el resto del mundo solo existen dos: el Republicano y el Demócrata. Sorprende saber que en 1967 se fundó el Partido Paz y Libertad, de corte progresista; o que en 1971 nació el Partido Libertario, centrado en la abolición del sistema fiscal. Así, hasta cincuenta formaciones en activo pasan desapercibidas para la mayoría de la gente, que piensa que el poder, en el país, se lo reparten solo dos partidos. Ahora, contra un bipartidismo que parece imposible de cambiar, se acaba de alzar una voz inesperada: la del magnate tecnológico Elon Musk.
El fundador de Tesla y SpaceX eligió el 4 de julio, fiesta nacional, para anunciar la creación del America Party. El anuncio se hizo público a través de la red social X, tras una encuesta en la que más del 65% de los participantes apoyaron la idea de fundar una nueva formación política. El presidente Donald Trump, del que Musk había sido aliado hasta el mes pasado, calificó la iniciativa como “ridícula” y acusó al empresario de estar “fuera de control”.
El idilio entre ambos saltó por los aires cuando Musk calificó de “repugnante aberración” la nueva ley fiscal impulsada por Trump,
Durante décadas, en España hubo un sentimiento que podríamos definir como ‘orgullo ferroviario’. En plena dictadura, en 1947, Estados Unidos comenzó a poner en circulación trenes con patente española – los Talgo –, que circularon entre Nueva York y Chicago, y también en la Pennsylvania Railroad, hasta 1954. La Guerra Civil española había devastado el país, así que estas noticias insuflaron algo de orgullo a la ciudadanía.
Cuando en 1992 se inauguró la primera conexión de alta velocidad española, que unía Madrid con Sevilla, el orgullo se trasladó de los trenes –que en esta línea eran de fabricación francesa– a la propia vía. El trazado era puntero y permitía recorrer los más de 500 kilómetros que hay entre ambas ciudades en solo dos horas y media.
El famoso tren AVE –siglas de Alta Velocidad Española– se convirtió en el símbolo de la entrada del país en la modernidad. En 1992, España acogió la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos en Barcelona. El ‘orgullo ferroviario’ iba viento en popa. La confianza en la puntualidad de los trenes era tal, que RENFE, la empresa pública de ferrocarriles, devolvía el precio íntegro del billete al viajero que sufría un retraso de más
Definir la gigantesca estatua de Cristo que se proyecta a las afueras de Madrid es todo un reto. No sé si es una obra de arte sacro, una atracción turística o un carísimo desvarío. Es innegable que el cristianismo ha sido una fuente de inspiración para auténticas obras maestras, desde la arquitectura a la música, pasando por la pintura y la escultura.
Hay incluso quien asegura que las vidrieras y los relieves de las catedrales son los primeros cómics: obras que explicaban con imágenes el relato sagrado a quienes no sabían leer. El arte conseguía transmitir ideas y emociones mejor que mil palabras. Aunque ya todo el mundo sabe leer, tengo la seguridad de que la fuerza evocadora del arte religioso pervive… pero lo de este Cristo gigante me deja sin palabras.
En Boadilla del Monte, un municipio de más de 65.000 habitantes y con la tercera mayor renta per cápita del país, una asociación religiosa quiere levantar “el Cristo más grande del mundo”, superando incluso al Corcovado de Río de Janeiro. La escultura, de 37 metros de altura, pretende convertirse en un nuevo símbolo de espiritualidad.
El proyecto costaría 17 millones de euros y debería culminar en 2030. La Asociación del Sagrado Cor
Me costó mucho, durante la pandemia, convencer a mis sobrinas de 9 y 11 años de que merecía la pena ver en la tele El chico, la película de Charlie Chaplin, de 1921. Ellas están acostumbradas al color, al sonido y a los efectos especiales. Era todo un experimento comprobar si Charlot, el entrañable vagabundo al que dio vida Chaplin, todavía conservaba su capacidad para captar la atención del público más exigente. Yo conocía de sobra la respuesta.
Sabía que mis sobrinas iban a disfrutar, a reír y a llorar con esa película. Chaplin creó clásicos del cine, y algo es clásico cuando siempre nos interpela, nos retrata y nos conmueve. Es lo que sucede con la obra cumbre del cineasta británico, La quimera del oro, que ahora cumple nada menos que un siglo y vuelve restaurada a los cines gracias a la Fondazione Cineteca di Bologna y al laboratorio L’Immagine Ritrovata.
Ver esta película en pantalla grande permite apreciar el lenguaje puro del cine: imágenes en movimiento que, sin necesidad de mucho más, consiguen transmitirnos las más profundas sutilezas del alma humana. La quimera del oro retrata las migraciones masivas que vivió Estados Unidos desde mediados del siglo XIX: millones de homb
Un debate apasionante recorre estos días Madrid. A priori, parece una simple noticia vecinal: en la Puerta del Sol, el corazón del país, hace mucho calor. No hay árboles, ni fuentes. Ahora, el Ayuntamiento ha instalado unos toldos ‘de quita y pon’ que han costado la nada desdeñable cantidad de 1,5 millones de euros… y que apenas dan sombra. La controversia podría quedarse ahí, pero en realidad va mucho más allá.
Tiene que ver con toda una concepción de qué debe ser una plaza. Lo curioso es que esta polémica tan madrileña tiene su origen en la otra gran ciudad española: Barcelona. Fue allí donde, en los años ochenta, se acuñó el concepto arquitectónico de ‘plaza dura’. Su primer ejemplo lo encontramos en la remodelación de la Plaza de los Países Catalanes, obra de dos reputados arquitectos, Albert Viaplana y Helio Piñón, que ganaron el prestigioso premio FAD.
La mejor definición de ‘plaza dura’ la ofreció otra arquitecta, Izaskun Chinchilla, en un artículo publicado en la revista Ethic: “Se trata de la urbanización de espacios públicos; normalmente de granito u hormigón, sin apenas presencia de vegetación y, muy habitualmente, con escaso mobiliario urbano”.
En Madrid, muchas plazas