El robo ocurrido en el Louvre el pasado domingo, 19 de octubre, me dejó con una media sonrisa en la cara. Hay que hacer un esfuerzo, la verdad, por no admirar, aunque sea un poco, la audacia y la destreza de quienes lo perpetraron. Qué desparpajo, entrar a robar en uno de los museos más importantes del mundo un domingo a las 9 y media de la mañana. Con los visitantes dentro. Y, tras 7 minutos de vértigo —solo 4 dentro del museo—, y sin hacerle daño a nadie, salir de allí con joyas valoradas en aproximadamente 90 millones de euros.
Por supuesto, espero que cojan a los ladrones —al fin y al cabo, son criminales—, y de hecho, la policía francesa ya hizo dos arrestos el pasado fin de semana. Sin embargo, vale la pena argumentar, creo, que no le han robado las joyas a alguna entrañable abuelita que les tenía un gran apego sentimental. Según Forbes, entre los objetos sustraídos están una tiara y un broche de perlas que pertenecieron a la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III; un collar y unos pendientes de esmeraldas de la emperatriz María Luisa, la segunda mujer de Napoleón Bonaparte; una tiara, un collar y un pendiente de zafiros que fueron propiedad de las reinas María Amelia y Ho
Los grandes museos del mundo, imagino, deben estar temblando como una hoja. Si al mismísimo Louvre le pueden robar, a plena luz del día, joyas valoradas en millones de euros… ¿está alguien a salvo?
La reciente desaparición de un Picasso en España parecía confirmar estos temores. Los medios informaron del hecho los mismos días que se hablaba del incidente en el Louvre, sugiriendo que lo ocurrido en París hubiera podido “inspirar” la sustracción del Picasso. La realidad, sin embargo, es que la policía española llevaba investigando la desaparición de Naturaleza muerta con guitarra desde principios de octubre. Y que el cuadro, firmado por Pablo Picasso en 1919, no fue robado de un museo, sino que desapareció mientras era transportado de Madrid a Granada para una exposición.
Y en ese viaje desde la capital hasta el Centro Cultural CajaGranada es precisamente donde, al parecer, centró sus pesquisas la policía. Y, en particular, en el hecho de que, si bien el trayecto entre las dos ciudades puede cubrirse en 4 o 5 horas, los transportistas decidieran pasar la noche en el pueblo de Deifontes, a unos 25 kilómetros de Granada.
Los dos ocupantes de la furgoneta, al parecer, le dijeron a la poli
“¿Dónde estás?”, escucha uno nada más descolgar el móvil. No, no estoy hablando del último timo telefónico. Me refiero a esos amigos —quizá tengáis alguno—, o esas parejas, cuya ansia por saber nuestra ubicación los hace olvidarse incluso de la cortesía del saludo.
Esta molesta pregunta podría convertirse, a medio plazo, en historia. Al mundo pre-teléfono móvil dudo mucho que volvamos. Qué tiempos aquellos, en los que, si una persona no estaba en casa, o en el trabajo, no había forma de localizarla. Pero no. El “¿dónde estás?” podría volverse una pregunta obsoleta, creo, más bien por lo contrario: porque, en un futuro próximo, podríamos estar todos permanentemente geolocalizados.
Compartir o no nuestra ubicación, esa es la cuestión, se planteaba Público en un artículo del pasado 18 de octubre. O, quizá, compartirla o no permanentemente. Los miniordenadores que muchos llevamos en el bolsillo, aunque los sigamos llamando “teléfonos”, son lo más parecido a una navaja multiusos tecnológica. Entre muchas otras cosas, son capaces de determinar nuestra ubicación física con extraordinaria precisión, y de compartirla con quien queramos. Lo cual… abre un mundo de posibilidades.
¿Dejar que algui
Dicen que Lamine Yamal ya no concede autógrafos en la ciudad deportiva del FC Barcelona. Me pregunto qué les dirá la joven estrella del fútbol a los chavales que, con toda la ilusión del mundo, le esperan a la salida de los entrenamientos para que les firme una camiseta. Cómo explicarles que está a punto de vender los derechos de su firma. Y que, para maximizar el valor del nuevo producto, cuantos menos de sus autógrafos haya en circulación, mejor. Cruel manera de enseñarle a un niño la ley de la oferta y la demanda.
Como explicaba Mundo Deportivo el pasado 17 de octubre, los representantes de Yamal están negociando con una empresa la comercialización de todo tipo de productos con la firma del jugador: botas, camisetas, gorras… Un contrato promocional más, a añadir a los que el futbolista ya tiene con marcas como Adidas, Beats, Powerade, Oppo, Konami, y Nesquik.
LeBron James, la estrella de la NBA, también lo hace, han dicho los representantes de Yamal. Anticipan, imagino, que la nueva situación no sea bien recibida por los aficionados. Pues… claro que no es bien recibida. Pocos gestos, creo, acercan tanto a una persona admirada —ya sea un deportista, un actor, un escritor…— a sus se
Quizá no podía ser de otra manera. Quizá tenía que ser una ultraconservadora. El pasado martes, 21 de octubre, Sanae Takaichi hizo historia como la primera mujer en ser nombrada primera ministra de Japón. Debemos celebrarlo. Y, sin embargo, desgraciadamente, parece muy posible que su designación sea el único avance en igualdad de género que veamos durante el mandato de la nueva primera ministra.
Takaichi, que tiene 64 años, lleva en política desde principios de los noventa. El electorado japonés la conoce bien. No es ningún secreto que Takaichi —más popular entre los hombres que entre las mujeres— no es precisamente una defensora de la igualdad de género. Más bien al contrario.
El hombre trabajando intensamente, asumiendo las tareas de responsabilidad en la sociedad, mientras la mujer juega un papel secundario de apoyo, quizá desde casa. Es el modelo tradicional japonés. La visión que suscribe el partido conservador LDP, y la que defiende la propia Takaichi, líder del partido desde hace unas pocas semanas.
En el último índice de brecha de género del Forum Económico Mundial, Japón ocupa el lugar número 118 de 148 países. En campaña, Takaichi había prometido un nivel de representación f