En la primera mitad de 2025 se ha producido un hito histórico: las fuentes de energía renovables se convirtieron en la principal fuente de electricidad del planeta, superando por primera vez al carbón. Una gran noticia, aunque, por diferentes motivos, no parece que haya llegado todavía la hora de descorchar el champán.
Este “momento crítico de inflexión”, como comentaba la BBC el pasado 7 de octubre, ha sido posible, en gran medida, gracias al abaratamiento de la energía solar. Desde 1975, el coste de la energía solar se ha reducido en un asombroso 99,9 %. En la actualidad, casi un 60 % de la generación de energía solar se produce en países de ingresos bajos, en muchos de los cuales se ha experimentado un crecimiento explosivo en los últimos años.
China, entretanto, está creando más capacidad de generación de energía solar y eólica que el resto del mundo en su conjunto. Pero es también un buen ejemplo de por qué no es momento de celebrar. A pesar de sus innegables avances en renovables, la segunda economía del mundo, dice la BBC, “todavía está aumentando su parque de centrales eléctricas de carbón”.
Dicho así, podríamos pensar que China todavía añade, aquí y allá, alguna central de c
Tienen razón, creo, quienes dicen que muchos urbanitas juzgamos al campo “con aires de superioridad intelectual”. Eso dice el manifiesto de “Salvemos el mundo rural agredido”, la manifestación celebrada el pasado 5 de octubre en la plaza Cibeles de Madrid. Esa frase, y muchas otras que recoge el manifiesto —si uno se toma la molestia de leerlas con atención— suenan a verdades como puños.
Personalmente, me considero simpatizante del mundo rural. Y, sin embargo, debo admitir que a veces también soy desdeñosa de los problemas que lo afectan. Si los agricultores vuelven a protestar porque no pueden ganarse la vida dignamente, una piensa, pobre gente, pero ¿qué podemos hacer contra la ley de la oferta y la demanda? Si la España vaciada se queja del cierre de centros de salud, una se pregunta ¿puede permitirse un país como el nuestro financiar ciertos servicios en lugares poco poblados?
Una tiende a pensar que ya conoce los problemas… y también lo difícil que puede ser encontrar soluciones. En la ciudad nos resulta fácil adoptar esta actitud resignada, porque vemos los problemas del campo desde la distancia. Quienes viven en el medio rural no pueden permitirse ese lujo.
Tomemos el caso de l
Son las 7:15 de la mañana, un día de trabajo, en la estación madrileña de Avenida de América, y el andén está abarrotado. Un trabajador del metro pide a la gente que pase al fondo de la estación. “¡Al fondo de la mierda!” responde enfadado un pasajero.
Las escenas de andenes y trenes abarrotados, más propias, quizá, de una ciudad como Tokio, se repiten ahora todos los días en Madrid. Pero, mientras que un japonés se desenvuelve de forma natural entre multitudes, al español las aglomeraciones en el transporte público le resultan irritantes, sofocantes, insoportables.
Creo que los madrileños tendrían algo más de paciencia, quizá, si Metro de Madrid los mantuviera informados. Si les avisaran con cierta antelación de que pueden producirse aglomeraciones, y de cuándo está previsto que se vuelva a la normalidad. Pero no. A los usuarios del suburbano les cuesta llegar a tiempo al trabajo, al colegio, a la consulta del médico. Y no saben cuándo recuperarán esa red de metro de la que, hasta hace poco, la capital estaba tan orgullosa.
Moverse a nivel de calle es la alternativa más obvia. Pero, como contaba La Sexta el pasado 6 de octubre, la situación en superficie es quizá incluso peor. La int
Quién no ha escuchado alguna historia de terror sobre el reciclaje. Un rumor bastante común es que lo que echamos en los contenedores de reciclaje, una vez recogido, se mezcla con el resto de la basura y se incinera. Otro, que los viejos ordenadores o teléfonos móviles que creemos estar reciclando, o donando, realmente se envían a países pobres y allí son vendidos para sacarles un beneficio económico.
Normalmente, ignoro estas historias. Las considero teorías conspiratorias creadas por gente perezosa —que no quiere molestarse en reciclar—, maliciosa, o, sencillamente, mal informada. La noticia publicada el pasado 7 de octubre en The Guardian sobre el reciclaje textil en India me parece muy distinta; un artículo de periodismo de investigación que, aunque quizá no gane el Pulitzer, ilustra muy bien la pesadilla de quienes se dedican al reciclaje de ropa usada en India.
La ciudad de Panipat, en la región de Haryana, al norte de la India, recicla aproximadamente 1 millón de toneladas de residuos textiles al año. Una fuerza laboral de al menos 300.000 personas evita que esta enorme cantidad de ropa —procedente, imagino, de todos los rincones del mundo— acabe en el vertedero. Un trabajo ad
El retrato ecuestre de Felipe IV ha recuperado su “gran esplendor”, decía hace unos días en el Museo del Prado el presidente de la Fundación Iberdrola. Una expresión muy manida, la de “recuperar el esplendor”, cuyo uso, creo, no está siempre justificado. Y, sin embargo, en este caso, los efectos de la restauración de la obra del pintor barroco Diego Velázquez, costeada por Iberdrola, son notables. Incluso para el ojo no experto, la luminosidad y los colores del cuadro han mejorado significativamente.
En la excelente página web del Prado, donde uno casi siempre encuentra lo que busca, hay un visor que permite ver de forma interactiva el antes y el después de la restauración. Contemplando los vivos colores del cuadro restaurado —el azul del cielo, la tonalidad ligeramente rosada de la tez del monarca, el verde de la vegetación—, uno se da cuenta de lo amarillento que se veía todo antes.
Cuatro meses ha estado trabajando la restauradora María Álvarez Garcillán en Felipe IV, a caballo. El cuadro, que en 2035 cumplirá los cuatro siglos de existencia, se encontraba, según Álvarez, en un estado relativamente bueno de conservación. Pero, tras haberse recuperado su riqueza cromática, la obra,