El terror golpea a Barcelona
Tarde o temprano tenía que ocurrir. Todas las ciudades europeas aguardan con temor el momento, prácticamente ineludible, en que sean golpeadas por la irracionalidad y el sinsentido. Esta vez le ha tocado a mi amada Barcelona. Tras los sangrientos atentados de Madrid del año 2004, habían transcurrido trece pacíficos años en los que el yihadismo no había conseguido aterrorizar de nuevo a la población española. Esa calma tensa finalmente se quebró el pasado 17 de agosto, cuando una furgoneta invadió la Rambla de Barcelona, populoso boulevard y centro neurálgico de la capital catalana, cegando la vida de trece personas y provocando más de cien heridos a su paso. Horas más tarde, otra persona fallecía apuñalada en Cambrils, un pueblo costero de Cataluña, cuando otro comando yihadista intentó sembrar el terror entre los viandantes antes de ser neutralizado por las fuerzas de seguridad.
¿Seremos todos también parte del problema?
Como no podía ser de otra manera, minutos después de conocerse el dramático atentado del pasado 17 de agosto en Barcelona, las redes sociales y los servicios de mensajería a través de los móviles se saturaron con un sinfín de mensajes, muchos de los cuales buscaban sembrar expresamente mayor confusión a través de bulos y rumores falsos: ataques con metralleta en diversas avenidas, avisos de bombas, toma de rehenes en restaurantes… Supongo que la mayoría de estas personas que propagan mentiras a conciencia lo hace por simple diversión. Aquello no ha de extrañar: gente mezquina y miserable la hay en todas partes.
Sin embargo, quería referirme a otro fenómeno, el cual es para mí no sólo motivo de perplejidad, sino también de enorme preocupación: la increíble capacidad que todos tenemos, ya seamos personas casi analfabetas o graduados universitarios, de creernos cualquier cosa que leamos en las redes sociales.
Apenas un día más tarde de estos terribles acontecimientos, ocurrió lo de siempre: comenzaron a circular las noticias falsas, las famosas “fake news” de las que tanto hemos oído hablar en los últimos meses. Cuando aún ni se sabía la identidad de todos los atacantes, varias páginas
La autoinmolación de Donald Trump
Donald Trump está viviendo, sin ninguna duda, la mayor crisis a la que ha tenido que enfrentarse a lo largo de su corto mandato. Ni siquiera las sospechas de su connivencia con Rusia habían logrado colocarle de tal manera contra las cuerdas. El presidente norteamericano está luchando simplemente por sobrevivir. Olvidémonos de todas sus promesas durante la campaña. De todas maneras, ya sospechábamos que eran irrealizables. No, lo único que desea Trump en estos momentos es aferrarse a su cargo. Y no está nada claro que lo consiga durante mucho más tiempo.
Y todo esto ha ocurrido a raíz de los disturbios en Charlottesville del pasado 12 de agosto. Tras las duras críticas recibidas por su tibieza a la hora de señalar a los verdaderos culpables, Trump apareció ante las cámaras dos días más tarde para repudiar a los neonazis, supremacistas blancos y simpatizantes del Ku Klux Klan que se dieron cita en Charlottesville. Sin embargo, se le notaba incómodo. Algo forzado. Aquellas no eran sus palabras. No era el discurso al que nos tiene acostumbrados. Y todo ello quedó demostrado apenas un día más tarde. El pasado 15 de agosto se rompieron de nuevo las costuras y emergió otra vez el “verdader
El infantilismo de la izquierda
Hay ciertas características que definen al pensamiento político de izquierdas, muchas de ellas loables, sin ninguna duda. Pero una de ellas no lo es tanto. Se trata de cierta tendencia al infantilismo motivada por un exceso de idealismo y romanticismo. No en balde, estamos hablando de una ideología política que siempre ha contado con el fervor y la simpatía de la mayoría de los jóvenes, quienes siempre se han caracterizado por su idealismo y también por su puerilidad. Una de las frases que mi papá, viejo comunista desencantado, solía repetir en casa, reza lo siguiente: “Si eres joven y no eres de izquierdas, no tienes corazón. Si ya de mayor sigues siendo de izquierdas, no tienes cerebro”.
Yo, a pesar de no querer aún traspasar ciertos límites ideológicos, tengo que conceder que algo de razón tiene el viejo refrán. Porque si algo define este “infantilismo” de la izquierda es su inveterada tendencia a apoyar regímenes absolutamente repugnantes, por el simple hecho de tratarse de “uno de los nuestros”. ¿Y quién es uno de los nuestros? Pues cualquier gobernante que utilice el muy manido discurso de situar al capitalismo y al imperialismo como los enemigos a batir. Haciendo uso de los e
El fin de la edad de oro del Barça
El mundo del deporte siempre se mueve por ciclos. Por desgracia, o quizá más bien por ventura – ya que de lo contrario todo sería muy aburrido – nada permanece incólume en el tiempo. Los New York Yankees de Babe Ruth, la selección brasileña de Pelé, la “albiceleste” de Maradona o los Chicago Bulls de Michael Jordan son algunas de las grandes leyendas que fulguraron con brillantez durante un lapso de tiempo. Luego los triunfos fueron quedando atrás, mas el recuerdo indeleble quedó grabado por siempre en la mente de millones de aficionados.
Algo así podría haber ocurrido con el Barcelona de Leo Messi. El que fuera, según muchos, el mejor equipo de fútbol en la historia, no parece encontrarse a sí mismo. Se mira en el espejo y no logra reconocerse. Lo ocurrido la semana pasada parece ser sintomático. El Real Madrid, su archienemigo de toda la vida, simplemente le ha pasado por encima como una aplanadora en dos partidos seguidos. Primero fue el pasado 13 de agosto, cuando el club catalán encajó un humillante 3 a 1 en su propio estadio. Y luego, apenas unos días más tarde, el 16 de agosto, recibió otros dos goles en contra y no pudo marcar ni un solo, esta vez en el estadio de la capital