El Diario de Ernesto Madero
Capítulo 15 – Ayuda inesperada
La pregunta
colgaba en el aire como una neblina. Itzel y yo esperábamos en silencio
que se desvaneciera. Pero con cada segundo que pasaba—
segundos que parecían interminables—la pregunta se hacía más pesada, para finalmente
caer sobre nosotros con todo su peso. No había forma de escapar;
estábamos atrapados en ese sillón de la sala, acusados de conspiración.
Al menos así nos sentíamos... y la acusación vino de la persona más
inesperada: la modesta y tímida Artemisa Granda.
Su melodiosa voz, que
usualmente llena las mañanas en el mesón con canto, ahora sonaba
fría y amenazadora. Y ella, parada