El Diario de Ernesto Madero
Capítulo 23 – Sagrado refugio
Pero el ladrón entre nosotros al parecer ya tenía un plan. Pepe tenía experiencia en este tipo de situación; sus movimientos eran rápidos pero tranquilos. Agarró lo primero que encontró—una bolsa de basura—y la aventó hacia la entrada del callejón. En pleno vuelo la bolsa reventó, dejando caer una lluvia de papeles sucios, latas y cáscaras de fruta. Los policías alzaron sus brazos para protegerse de la basura. Cuando mostraron sus rostros otra vez se veían enfurecidos. Pero entonces uno de ellos resbaló con un plátano podrido y cayó al suelo estrepitosamente, igualito que en una de esas películas del cine mudo. Ese fue el momento que Pepe buscaba. Señaló que lo siguiéramos. Al final del callejón, en un muro de piedra había una pequeña puerta de madera que logró abrir con un poco de forcejeo.
Comencé a seguir a Pepe por la puerta cuando Gabriel me agarró del brazo. "¿Qué rayos haces, Ernesto?" me preguntó. "¡Si vamos con él, van a pensar que somos sus cómplices!"
"¿Y qué le pasará si lo atrapan?"