El Diario de Ernesto Madero
Capítulo 30 – Memorias de Oro
"¿Tenía razón el Dr. Ühlendorf? ¿Los pabellones eran de cuarzo? ¡Imagino que eran enormes! ¡Y las pirámides! Dime, ¿estaban cubiertas de oro? Ay, ¡qué maravilla! Brillantes como el mismo sol…”
La ráfaga de preguntas se detuvo por un instante y en su mirada noté un cambio. Una expresión de nostalgia pacífica. Luego, con un ritmo menos frenético él continuó: “¿Recuerdas todas esas noches frente a la fogata, Fortunato? ¿Cuando nuestros guías nos contaban sus leyendas sobre Paititi? ¡Qué memorias! De pies a cabeza, cubiertos de barro y miles de picaduras. La lluvia, los ríos, el ruido y el silencio… Cada paso nos presentaba un nuevo peligro. Culebras, el calor, ¡Y las flechas también! Pero había algo más… ¿Qué era? ¿Qué era? ¡La soledad! Sí. La soledad era lo más peligroso.”
“¿La soledad?” pregunté.
“Tú me lo dijiste una vez. ¡Lo recuerdo bien! Me dijiste que en la selva había una muerte más silenciosa y venenosa que las serpientes. La soledad ataca por sorpresa y puede volver loco a un hombre. Y luego la muerte es inevitable.