El Diario de Ernesto Madero
Capítulo 32 – Un breve desvío
Nuestra visita con Gustavo Ríos había terminado. Había sido un verdadero carrusel de emociones que nos dejó a los tres exhaustos y con un sentimiento agridulce. Porque por un lado, habíamos alegrado la vida de un anciano solitario, reviviendo memorias de un pasado glorioso lleno de aventuras. Pero al mismo tiempo habíamos hecho resurgir memorias dolorosas. Además, derrumbamos por completo la fantasía que prestaba un poco de alivio a esa mente tan afligida por el tiempo: el sueño de que mi abuelo Fortunato quizás volvería algún día…
La revelación de que Manuel Castañeda y yo teníamos un vínculo a través de la fatídica expedición de mi abuelo aún revoloteaba en mi mente. Como un ave angustiada que intenta escapar de una jaula. Pero las preguntas que nacían de ese alboroto no eran para Gustavo. El pobre estaba cansado también. Nuestra visita seguramente fue una de las emociones más grandes que él había experimentado en años y estaba muy claro que habíamos llegado al